Image Image Image Image Image Image Image Image Image Image
Menu +

Arriba

Top

Por Dr. Ezequiel Achilli / Dra. Raquel Tesone

 

Primera parte

 

En deuda con mucha de las enseñanzas que nos legaron los autores clásicos, el psicoanálisis no desiste de abrevar de su fuente para refrescar y alimentar su cuerpo teórico. Gracias a Sófocles, Freud se sirve de la tragedia de Edipo para armar su complejo nuclear. Y, gracias a Shakespeare, nuestro interés se sigue consagrando a forjar diversas articulaciones entre su literatura, el psicoanálisis y la filosofía.

Y aún hay mucho más por aprender; más de lo que puede imaginar nuestro conocimiento pues, así como Freud, con el descubrimiento de lo inconsciente, Shakespeare, con sus obras, desborda de una sabiduría imperecedera que convoca permanentemente nuestro abordaje analítico.

«Ello es, Horacio, que en el cielo y en la tierra hay algo más de lo que puede soñar tu filosofía»… Algo más hay entre el cielo y la tierra: quizás hable del hombre, y sobre este, los fantasmas que Shakespeare supo ver, y/o del tiempo y sus mudanzas, como el Martín Fierro describe. Fantasmas que denuncian traiciones y la misión de vengarlas. Hombres que callan, pero que cuestionan su existencia. Hombres supuestamente cuerdos, como su tío, y hombres suficientemente locos, como Hamlet.

Shakespeare pone en boca de Hamlet una misión más, la de enseñarnos que la locura es otra cosa: «Estoy loco cuando sopla el nordeste… Cuando sopla el viento sur, sé distinguir la garza del halcón». Hamlet nos muestra que los libros, como le señala a Polonio, son «palabras, palabras, palabras» y que solo el loco vive cercano a la verdad. Para él, el hombre es una obra admirable, noble en su razón y lleno de facultades: «¡Qué expresivo y maravilloso en su forma y sus movimientos! ¡Qué semejante a un ángel en sus acciones! Y en su espíritu, ¡qué semejante a Dios! Él es sin duda lo más hermoso de la tierra, el más perfecto de los animales. Sin embargo, ¿qué creéis que es para mí esa quintaesencia del polvo? El hombre no me deleita…, ni menos la mujer…». El hombre cuerdo es la traición a un hermano, la avaricia. Es la necedad de una madre, la obediencia a un sátiro y perverso rey, que aunque con culpa vuelve una y otra vez a matar. El hombre cuerdo es la mentira, lo incestuoso y vil.

El loco es otra cosa. Es quien se ve obligado a callar, quien sufre la verdad. Quien ve a la muerte a los ojos y la acepta como un simple dormir. Hamlet lo hace. ¡Calla porque la verdad lo ilumina hasta quemarlo! Pero la verdad tiene estructura de ficción para Lacan: «¿Cómo es que todavía las nubes te ensombrecen?», pregunta su tío a Hamlet, y él le responde con extraordinaria lucidez: «No son las nubes, señor: me da demasiado el sol».

Un hombre que cuestiona a la sociedad al tomar en su mano la calavera de Yorick, la cabeza del bufón que tanta alegría le regaló de niño, y exclama: «Entra en el tocador de alguna de nuestras damas, y dile a ella, para excitar su risa, que, por más que se ponga una pulgada de afeite en el rostro, al fin ha de experimentar esta misma transformación…». Hombres locos son aquellos que ven la prisión en la que se ha convertido su casa. Quien denuncia pero antes calla: «Ah, delincuente precipitación, ir a ocupar con tal diligencia un lecho incestuoso. Esto no es bueno ni puede terminar bien. Pero hazte pedazos, corazón mío, pues mi lengua debe reprimirse». Es el loco quien conoce de cerca el rostro de la verdad, pero se ve obligado a callar para evitar la desgracia, la tragedia misma que Shakespeare sabe retratar. Es el loco quien reprime, aunque de una manera distinta de la que nosotros, los analistas, conocemos. «Sea cual fuere el suceso de esta noche, fiadlo al pensamiento, pero no a la lengua…». Pero, si el loco calla, ayuda a su casa a transformarse en una cárcel. «¿Por qué delitos os ha traído aquí vuestra mala suerte a vivir en prisión?… Dinamarca es una de las peores…». Hasta el país le aprieta a un loco, lo agobia, y ese es loco Hamlet.

El resto de los hombres es «libre», ya que posee armaduras, escudos y espada. Parece que esa es su defensa: la mentira y la traición. ¡De defenderse se trata! Dice el Rey: «La locura de los poderosos debe ser examinada con escrupulosa atención». ¿No es una gran ironía que sea justamente el Rey quien pretenda examinar la locura de los poderosos? Aquí Shakespeare nos da otra pista sobre la locura. El Rey, en su locura de poderoso, se cree cuerdo, y Hamlet reconoce que él no es más que un loco. Un loco, vulnerable, fiel a sí mismo y leal a sus convicciones. «Ese incestuoso monstruo adultero», denuncia. Busca la verdad, aunque al principio la calla: «quiero datos más fijos», dice cuando prepara a sus artistas, a sus comediantes, para la gran función que desenmascarará a todos. Y se sirve del arte mismo para que lo ayude a desmembrar la farsa.

La búsqueda de la verdad en Hamlet es motor de todos sus actos. Por un lado, parecería ser una forma de figurar y hacer simbolizar a su madre lo que ella desmiente. Por el otro, está la necesidad de desenmascarar a su tío, quien en el mismo acto de retirarse de la escena pareciera confesar su delito. El Rey se pone de esta manera en evidencia y se traiciona, tal como Hamlet lo presumió.

Allí donde se espera un acto vengativo, Hamlet se pone a dirigir su propia obra teatral. Shakespeare hace que Hamlet cree esta ficción dentro de la escena, y esto podría ser un recurso para procesar el duelo de su padre y sus implicancias. A la vez, esta ficción, que re-presenta la verdad, es un testimonio de la denuncia de lo acontecido. ¡Vaya artilugio psicoanalítico el que usa Shakespeare! Hamlet se vale del arte para descorrer el telón de su drama, al modo que los analizandos despliegan, en la transferencia, su teatro privado con sus analistas. «Los cómicos no pueden guardar secretos, todo lo cuentan», afirma Hamlet. Al encontrar en la escena una forma de asistir a su tragedia, Hamlet hace que la presencien los protagonistas de este drama. Estos se reflejan en su propio espejo.

Hamlet incumplió con la misión encomendada por su padre, de darle muerte a su hermano Claudio, y Freud interpreta que Hamlet y su tío compartían el mismo deseo de ocupar el lugar del Rey. A través de la escena dentro de la escena, la identificación de su deseo infantil con el deseo de su tío toma sustancia, encarnándose en los actores como una forma de figurabilidad. ¿Es que Hamlet, a modo simbólico, consumó el designio de su padre de vengarlo, armando la escena de su asesinato? ¿Esta otra escena podría estar al servicio de implantar, por parte de Hamlet, su original manera de vengarse? «Puedo hacerlo ahora mismo, ahora que está rezando (saca la espada). ¡Y ahora lo haré! Así lo enviaré al cielo. ¿Pero será esa mi venganza? Veamos: un infame asesina a su padre, y yo, su único hijo, envío al cielo a ese mismo villano. No, que eso sería premio y salario, no venganza». La muerte no venga, sino que premia. Hamlet se resiste a convertirse en un asesino como su tío. ¿Y no encuentra mejor venganza que mostrar un espejo de la monstruosidad misma de la traición? Ahí es donde el Rey no se puede seguir mirando. ¿Cuál sería entonces el sentido de pasar al acto el mandato paterno de matar al Rey? La escena de los actores en sí misma pudo representar para Hamlet la realización de su venganza y, al mismo tiempo, una modalidad de re-significación.

«¿Cómo estás, mi querido Hamlet?», le pregunta quien asesinó a su propio hermano. «Muy bueno, señor, me mantengo del aire como el camaleón; engordo con esperanzas». El loco posee esperanza y tiene todo el tiempo. Aunque el tiempo del loco es otro, es hasta un tiempo irónico, y eso nos lo enseña Shakespeare antes que Freud: «Ved mi madre qué contenta está, y mi padre murió ayer», le señala a Ofelia. «No, señor, que ya hace dos meses», le responde ella. «¿Tanto hace? Pues entonces quiero vestirme de armiño y llévese el diablo el luto». El tiempo del duelo para Hamlet no parece conciliarse con el de su madre. La madre no lleva su luto. El luto solicita del tiempo y, como dice Hamlet, «los restos del banquete del funeral han servido para el banquete de bodas». Para hacer un duelo, hay que saber que hubo una pérdida y que aquel a quien se perdió no se lo podrá reemplazar jamás en lo real, se perdió para siempre. La madre de Hamlet sustituye a un Rey por otro. Hamlet está en lo cierto de saberla contenta, en tanto su madre evita transitar por su duelo. Esto lo deja a Hamlet errando en absoluta soledad con el duelo por la muerte de su padre y en la búsqueda de intentar simbolizar su causa, causa que su madre desmiente con sus actos.

«Por la gracia de Dios, madre, no adornes tu alma con la ilusión de que no es tu delito sino mi locura la que habla». Hamlet parece saber que su locura habla en nombre del delito que la madre encubre. Y continúa diciéndole: «Será como cubrir de piel fina y sutil el lugar de la llaga, mientras que la corrupción hedionda minaría el interior e infectaría todo lo que anda oculto». La ficción ayuda a Hamlet a curar esa llaga, en tanto la ficción arranca la piel que cubre lo infectado: metáfora que se adapta a la cuestión de la dirección de la cura en análisis. Quizás Hamlet no cumple la misión encomendada por su padre por esta suerte de alienación a su madre que lo deja prendido a ella. ¡A cuánto trabajo psíquico está sometido nuestro querido Hamlet y qué poco lugar queda para el amor! «¡Amor! No van los sentimientos de Hamlet por ese camino, y aunque inconexo, su lenguaje no es el de un loco. Algo anida en su alma donde está incubando su melancolía, y mucho temo que al romperse el cascarón amanezca algún peligro», manifiesta el Rey a Polonio, quien creía que la locura de Hamlet se debía al rechazo de Ofelia, ya que había sido obligada por él, su padre, a no responder a la declaración de amor que Hamlet le expresara. Y el hermano de Ofelia, Laertes, quien compite con Hamlet por el amor de ella, intentará también convencerla para que no tome en serio el amor que Hamlet pareciera prodigarle, y le advierte: «Quizás ahora te ame y no haya astucia o mácula que ponga sombras en la virtud de su intención; pero estate alerta, pues, según su alta alcurnia, no es dueño de sus deseos, sujeto como está a su nacimiento. No le está permitido, como a las personas más humildes, escoger por sí mismo…». Laertes conoce bien a lo que Hamlet no tiene acceso y utiliza argumentos contundentes para mostrarle a Ofelia que, mientras Hamlet no se apodere de sus deseos, ella no podría ser amada ni elegida por él.

Shakespeare también enloquece a Ofelia. ¿Acaso porque un amor no correspondido es siempre un amor enloquecedor? Tras la muerte de su padre, Polonio, quien jamás será un fantasma, ella cumple el mismo rol que Hamlet: «Dicen que la lechuza fue antes una doncella, hija de un panadero (Ofelia hace alusión a la leyenda según la cual Cristo, fue burlado por la hija de un panadero, y esta es convertida en lechuza). ¡Ah…! Sabemos lo que somos ahora, pero no lo que podemos ser…»… «Se lo diré a mi hermano». También ella denuncia, y dice a Laertes lo que este debe saber; hay que decir, hay que contar…, luego se pone a jugar como una niña. Quizás un loco no se encuentra tan lejos de la realidad después de todo. Quizás a él las verdades le vuelen por la superficie, ya que una niña y un loco pueden observar mejor que nadie las bellezas de la naturaleza en su juego.

Ofelia, con su amor quizás no tan correspondido fuera de la poesía, y Horacio, con su «buenas noches, buen príncipe», son los vínculos leales, los vínculos amorosos de nuestro sufrido Hamlet. Él merece un consuelo amoroso para su desventurada vida, y este parecería centrarse en la lealtad, por oposición del resto, donde solo se destaca la traición. La lealtad es una bella condición humana, quizás la más valiosa para el personaje, ya que el dolor de la traición quizás sea el más agudo. Hamlet no es un psicótico, sencillamente porque su Dios no lo es, y sus fantasmas tampoco. El fantasma del Rey muerto no es una alucinación, no solo aparece ante Hamlet, sino también ante su amigo Horacio y los guardianes. Y este dato que nos ofrece Shakespeare no es menor. Ya en la primera escena del primer acto, en que Hamlet está ausente, son los amigos los que ven el espectro del Rey. Aquí Shakespeare nos procura la clave diferencial entre la locura y la psicosis. Muchísimos años después, Piera Aulagnier señala que una de las características de la potencialidad psicótica es la imposibilidad de compartir convicciones comunes al registro causal (es necesario compartir algunas certezas con otro, ya que, como dice Freud, a veces un habano es un habano).