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El Gran Otro | Mircoles 23 de Enero de 2019

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Mary Shelley y la descomposición del ser para componer el alma

Mary Shelley y la descomposición del ser para componer el alma
Por Magali Díaz Moreno


Frankeinstein
cumplió dos siglos a principios de este año y con motivo de ese aniversario, se renueva el amor por la escritura de Mary Wollstonecraft Godwin Shelley, -mejor conocida como Mary Shelley-, primera dama de la escritura romántica inglesa y, considerada por muchos, como la creadora del género de ciencia ficción. Fue hija de la filosofa, escritora y feminista Mary Wollstonecraft y esposa del poeta Percy Bysshe Shelley, quien la incentivó a desarrollar una pesadilla que había tenido a los dieciocho años al pasar una velada tormentosa en una villa cerca de Ginebra, Suiza en la que también estaba el famoso escritor Lord Byron, amigo de la pareja.

Cabe recordar que el título completo de la obra es Frankenstein o el Moderno Prometeo[1], hace alusión al relato de la mitología griega que protagoniza Prometeo, un mortal que osó robarles el fuego a los dioses para entregárselo a los hombres y que por eso fue castigado y sacrificado bajo la ley divina.

Esta historia tiene relevancia en la posmodernidad por su contenido humanista y trágico en el que se explora la soledad del ser humano y la necesidad de un otro para llenar su espíritu.

Este deseo se expresa apenas comenzada la narración en boca del joven y ambicioso capitán Robert Walton, al enviarle una misiva a su hermana Margarita contándole acerca de la peligrosa y solitaria empresa que quiere llevar a cabo explorando el, hasta el momento misterioso, Polo Norte: «Deseo la compañía de un hombre capaz de congeniar conmigo, cuyos ojos respondan a los míos…» SHELLEY, (2000), p.26)

Su destino se cruzó irresistiblemente con Victor Frankenstein  inventor y estudioso suizo, quien decidió contarle su  fantástica historia al poco tiempo de enviudar. No hubo mucho de extraordinario en sus comienzos, ya que provenía de una familia amorosa y cálida. Pasó una juventud tranquila junto a ella y luego se fue a estudiar a la universidad de Ingolstadt, en Alemania para expandir sus conocimientos de Medicina. La ambición por el saber y trascendencia eran su alimento desde que tenía memoria e hizo todo lo que tuvo a su alcance para saciarla:

«La vida o la muerte de un hombre no son sino un precio pequeño para pagar por la adquisición de los conocimientos que yo busco, dado el poder que alcanzaría, y transmitiría después sobre enemigos elementales de nuestra raza.» IBIDEM, (2000), P.38

Su pasión por Agrippa, escritor un tanto controvertido para la época al hablar de cuestiones espirituales más elevadas y por Paracelso y su botánica oculta fueron la antesala a querer explorar dentro de su propia alma y, en particular en su sombra que la llevó a desafiar las leyes naturales humanas y lógicas al infundir vida en un cuerpo inerte.

Es interesante ver los estadios del inventor, que lo transportaron de la total fascinación y ambición al asco y el rechazo que le generó el nacimiento de su ‘criatura’, quien nació rota y es por eso que  Victor le explicó a Robert acerca de la naturaleza imperfecta del ser humano y razón por la cual este análisis se titula así:

«Somos criaturas incompletas, sin acabar, si otra mejor, más inteligente y querida que nosotros —como debe ser mi amigo-, no nos ayuda a perfeccionar nuestras naturalezas débiles y defectuosas.  SHELLEY, IBIDEM, (2000), P.39

El llamado ‘monstruo’, recorrió diferentes partes del mundo en búsqueda de comprensión, alimento, afecto y, particularmente, entender el porqué de su existencia y experiencia.

Huyó del espanto y el rechazo de la ‘gente civilizada’ de diferentes pueblos, que lo insultó y agredió al vislumbrar, apenas, su enorme y deforme figura formada de partes muertas de otras personas.

Pero fue gracias a ese rechazo, que consiguió refugiarse en la casa de una familia de campesinos y aprendió de ellos lo que hace intrínseco al ser humano, pasando por una y cada una de las emociones humanas aun cuando no podía entender las palabras que articulaban.

Por medio de la observación y la repetición que descubrió el lenguaje y con cada aprendizaje pudo ir tomando trozos para conformar su personalidad y lo que redescubrir las partículas humanas remanentes, de su otra vida.

Pero este triunfo fue únicamente parcial ya que fue rechazado y maltratado por aquellos a quienes creía tan puros, yéndosele así la única esperanza de empatía y aceptación que tenía. Es allí donde la verdadera decadencia comenzó a calar hondo y se convirtió en un arma de venganza contra, en primer lugar, su creador y luego el mundo entero, matando sin saberlo al hermano pequeño de su creador, de su mejor amigo Henry Clerval. A esto se le sumó el rechazo de Frankenstein para crearle una consorte y así destruyó a su amor Elizabeth Lavenza en su noche de bodas, suceso por el cual quedó en igualdad de condiciones sin otro remedio que destruirse mutuamente.

Al no concretarse el esperado encuentro de una lucha cuerpo a cuerpo, espíritu contra espíritu, ambas almas recibieron el dulce abrazo de la muerte para darse cuenta que en realidad eran una.

El deseo ambicioso de Victor Frankeinstein lo llevó al mismo destino final que tuvo Prometeo al darle el chispazo de vida a un ser que no pertenecía a este plano y por eso trajo desgracia a todo su entrono. Sacrificó las vidas de sus seres queridos porque su arrogancia científica mantenía encendido un fuego demasiado inabarcable para ser contenido.

La caída de este hombre, de lo que era su visión paradisíaca lo sumió en el mismísimo infierno y no por nada el epígrafe que aparece antes de que comience la narración pertenece a la obra canónica El paraíso perdido de John Milton que reza:

«¿Te pedí acaso, Creador, ¿qué de mi arcilla me hicieras hombre? ¿Te solicité acaso que me sacaras de las tinieblas?» SHELLEY, IBIDEM,(2000), p.7

La criatura no pidió nacer, ni ser ni padecer. Vino al mundo por un deseo ajeno.

Como todos nosotros. Está más allá de nuestro alcance el nacer.

Solo podemos ser.

Y poseemos la maravillosa facultad de componer nuestra alma de impresiones, sensaciones y emociones, porque de descomponer la materia se encarga la naturaleza: la única diosa creadora que tenemos la dicha de conocer y a la que debemos respetar con sus ciclos orgánicos de nacimiento, vida y muerte.

Pero al considerar su sacralidad no debemos olvidar que también somos individuos posmodernos, ambiciosos, sedientos de afecto en un mundo en donde lo masivo y la hiperconectividad aleja más de lo que acerca y nos hace pensar que dentro nuestro hay un poco de Frankeinstein y otro de la criatura. Es por eso importante subrayar lo maravilloso y adelantado del pensamiento de Mary Shelley al soñar con esta creación que aun sigue haciendo eco doscientos años después de su gestación y que, muy seguramente, lo siga haciendo por muchos siglos más.

[1] SHELLEY, W. MARY. Frankeinstein o el Moderno Prometeo, Alianza, 2000, Madrid.