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El Gran Otro | Miércoles 21 de Noviembre de 2018

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Quilombo y resistencia

Quilombo y resistencia
Por Rafael Giménez

 

Durante más de 400 años, los esclavos fugados de las plantaciones de Brasil y sus descendientes han defendido sus tierras y sus formas tradicionales de organización social frente a imperios y repúblicas. Pero hoy una nueva amenaza hace peligrar su mera existencia: el ascenso del fascismo.

Quilombo, para los argentinos, es una palabra del lunfardo que equivaldría, quizás, a las castellanas “desorden”, “caos”, “gresca” o “barullo”, dependiendo del contexto en el que se la emplea. “Se armó quilombo” se dice cuando las cosas se salieron de control, o “este cuarto es un quilombo” le podría reprochar una madre a su hijo, instándolo a ordenar la habitación. Una persona “quilombera”, a su vez, es una persona problemática y así por el estilo.

Este concepto también se usa en Uruguay y, de hecho, la palabra también está presente en Venezuela. O, al menos, así consta en la Real Academia Española.

Ahora bien, quilombo deriva de “kimbundu” o “quimbundo”, una lengua bantú que se habla en Angola, y se cree que la palabra fue introducida en el Río de la Plata desde Brasil hacia mediados del siglo XIX, siendo utilizada para referirse a los prostíbulos de Buenos Aires, donde las clases bajas accedían a mujeres africanas, que eran más baratas.

El nombre de la lengua de estas mujeres quedó asociado al prostíbulo en sí y, tiempo después, el significado mutaría hacia el concepto que se emplea hoy.

Pero en Brasil quilombo no evoca al desorden ni al descontrol, sino a un fenómeno sociocultural, histórico, racial y político-económico producto de la resistencia frente al colonialismo, la esclavitud y el supremacismo blanco. Resistencia que hoy escribe un nuevo capítulo frente al avance de discursos de odio y amenazas directas por parte del hombre que, al momento de escribir estas líneas (a una semana del ballotage), se presenta como el claro ganador de las elecciones más controversiales de la historia brasileña. El candidato del orden, enemigo declarado del quilombo.


La ciudad de los esclavos rebeldes

Los quilombos son comunidades (original y deliberadamente alejadas de las ciudades costeras del Brasil) fundadas por esclavos rebeldes. Todavía existen hoy muchos poblados “quilombolas” cuyos habitantes, descendientes de negros forajidos, mantienen un estatuto legal diferenciado y luchan día a día por defender y mantener su identidad, sus tierras y sus formas tradicionales de producción y de organización social. Pero, ¿cómo surgieron los quilombos?

Se supone que todos sabemos de las condiciones inhumanas en las que los africanos eran secuestrados, vendidos, transportados y esclavizados durante los largos años del tráfico negrero que tuvo su epicentro en el Atlántico. Argentina no escapa a esta historia ya que gran parte de la economía colonial porteña se sustentaba, además del contrabando, en el mercado esclavista, estrechamente ligado al Brasil.

En toda América Latina existieron episodios de fuga y de resistencia negra. Muchas veces, los esclavos huían de las plantaciones y formaban comunidades en la selva o en la montaña. Estos quilombos se llaman “cumbes” o “palenques” en algunos países hispanoamericanos.

En Colombia, los esclavos fugados fundaron quilombos en las ciénagas en las afueras de Cartagena de Indias, desde donde organizaban expediciones para atacar barcos negreros y liberar a los africanos cautivos. La Corona española, en un intento por acabar con esta guerrilla y mantener así el negocio esclavista, otorgó la libertad a todos los negros del Palenque de San Basilio en 1691, convirtiéndolos de este modo en la primera comunidad negra libre de América.

Otro caso curioso es el del Reino de los Zambos de Esmeraldas, Ecuador. Creado a mediados del siglo XVI, este quilombo consiguió reconocimiento oficial por parte de la Real Audiencia de Quito y mantuvo su autonomía hasta bien entrado el siglo XVIII.

Hay muchos otros ejemplos a lo largo de América Latina y no todos fueron tan bien sucedidos como los mencionados, pero, sin dudas, el más célebre de todos fue el Quilombo de los Palmares, en el actual estado brasileño de Alagoas.

Surgido a fines del siglo XVI como un conjunto de aldeas secretas de esclavos forajidos de Pernambuco, el Quilombo de los Palmares se enfrentó a portugueses y holandeses por igual, desarrolló la agricultura, la ganadería y el comercio y su población llegó a alcanzar una cifra entre 15.000 y 20.000 personas. Liderados, hacia el final, por Zumbi dos Palmares, los quilombolas resistieron durante poco más de un siglo hasta caer, finalmente, en 1694.

Brasil fue uno de los últimos países en abolir (al menos oficialmente) la esclavitud. Fue en 1888 (en las Provincias Unidas del Río de la Plata se dio con la ley de vientres de 1813 y la abolición total en la Constitución de 1853). Por esa razón, cuando Roberto Arlt visita Río de Janeiro en 1930 para escribir sus Aguafuertes Cariocas para el diario El Mundo, se sorprende al descubrir que muchos ancianos negros que él encuentra por las calles nacieron, de hecho, siendo esclavos.


La era Bolsonaro

En cuanto a los derechos de la comunidad quilombola, fue con la Constituição Federal de 1988 que Brasil reconoció como patrimonio cultural nacional los bienes materiales e inmateriales de los diferentes grupos formadores de la sociedad brasileña, incluyendo al quilombo.

El Acta de las Disposiciones Constitucionales Transitorias reconoció, específicamente, el derecho de propiedad de los descendientes de las comunidades quilombolas que estuviesen ocupando las tierras de sus ancestros, debiendo el Estado otorgarles los títulos correspondientes. Pero Brasil es también América Latina y ya sabemos lo que pasa cuando un gobierno quiere repartir tierra entre los pobres, los negros y los campesinos, en desmedro de los intereses de los grandes terratenientes.

Fue con Lula, en 2003, que se reglamentó por primera vez el procedimiento para la identificación, reconocimiento, delimitación, demarcación y titulación de las tierras ocupadas por los descendientes de las comunidades de los quilombos. El Decreto Federal Nº4.878 fue ampliamente celebrado por la Coordenación Nacional de Articulación de las Comunidades Negras Rurales Quilombolas (CONAQ) ya que este estipulaba que la auto-atribución es el único criterio válido para la identificación de las comunidades quilombolas, valiéndose de la Convención 169 de la Organización Internacional del Trabajo.

Según datos de la CONAQ, existen en Brasil unas 2.847 comunidades quilombolas certificadas, hay 1.533 procesos abiertos en el Instituto Nacional de Colonización y Reforma Agraria (INCRA) y ya se titularon unas 154 tierras en el país. Pero una nueva amenaza se cierne sobre las comunidades: el ascenso al poder del político y exmilitar Jair Bolsonaro.

El mundo ve, por estos días, con preocupación cómo un candidato misógino, xenófobo, homofóbico, racista, a favor de la tortura y de la dictadura ha conquistado a la mayoría del electorado brasileño.

En cuanto a los quilombolas, Bolsonaro ha sido claro. En un encuentro con la comunidad hebraica de Rio de Janeiro dijo: “Yo fui a un quilombo. El afrodescendiente más liviano allá pesaba siete arrobas”. La arroba es una unidad de medida que se utiliza para pesar el ganado. Pero no termina allí: “Yo creo que ya ni para procrear sirven”. Y además: “Pueden estar seguros que si yo llego allá (a la presidencia), en lo que a mí concierne, todos van a tener un arma de fuego en casa y no va a haber ni un centímetro demarcado para reserva indígena o para quilombolas.”

Son muchos los colectivos sociales que están en alerta en Brasil: las mujeres, la comunidad LGBTI+, los negros en general, los pueblos originarios, la izquierda, los movimientos de Derechos Humanos y, por supuesto, los quilombolas.

Los quilombolas y sus descendientes han defendido sus tierras y su forma de vida durante más de 400 años. Resta ver, ahora, si podrán sobrevivir a la era Bolsonaro.