Entre el padre y el algoritmo: memoria, poder y otros olvidos
Por Por Julieta Strasberg
Crítica teatral de La era del olvido, escrita y dirigida por Francisco Estrada
Por Julieta Strasberg
¿Qué se hace con la memoria en tiempos de velocidad y pantalla? ¿Qué se hace con la herencia cuando lo que se hereda es un relato roto, una voz que ya no suena, una ética que no cotiza? La era del olvido, escrita y dirigida por Francisco Estrada, no viene a responder. Viene a exponer. Viene a empujar, con furia escénica, esas preguntas hacia el cuerpo de quien se atreva a mirar.
En ese cuerpo —el de Germán Rodríguez— arde la obra en un campo minado. Un unipersonal que es más que un texto dicho: es una pulsación, una deriva, un grito contenido en la máscara de un político que, en pleno ascenso, se deshace de lo que fue para hacer lugar a lo que exige el poder. La escena es mínima, casi un trazo. Pero ahí, en esa austeridad, la actuación se expande. Rodríguez no actúa: se consume. Se ofrece en combustión escénica, sostenido por una dirección precisa, una iluminación que corta el aire (Paula Fraga) y un texto que no deja lugar para lo accesorio. Cada palabra es un dardo.
El trabajo corporal del actor es intenso, exigido, de un nivel de entrega física y emocional que inquieta. Germán Rodríguez atraviesa estados con una rapidez vertiginosa: alegría, bronca, euforia, cansancio, ansiedad, humillación. Entra y sale de esos climas con una naturalidad que desarma, como quien conoce el miedo por dentro. Hay momentos donde su sufrimiento se vuelve palpable, donde pareciera que el cuerpo no puede más, y sin embargo avanza, rosquea, insiste. Se pelea con su historia mientras negocia con asesores, community managers, políticos que exigen su piel y su alma, pero de rodillas.
Política, ambición y vértigo: los fantasmas del presente
El personaje habla, se explica, se interroga. Pero más que un discurso, lo que se despliega es una fisura. Porque no hay relato que alcance cuando la identidad tambalea. ¿Quién es este hombre que recita el linaje de su apellido mientras negocia su alma con la maquinaria del presente? ¿Qué queda de lo que prometía? En esta figura hay algo de todos: el que se acomoda, el que pacta, el que calla. Pero también el que recuerda. El que sabe que traiciona. El que no puede olvidar.
La voz de Rodríguez serpentea entre el orgullo y la desolación. Su cuerpo muta, se tensa, se entrega. La política como actuación, la actuación como confesión. Cada gesto contiene el vértigo de quien quiere sostenerse pero ya no tiene suelo. La obra no da respiro, y tampoco lo pretende: el ritmo es frenético, como lo es el tiempo en el que vivimos. Noticias que duran segundos, slogans que reemplazan ideas, emociones que se administran con algoritmos. En esa lógica, el olvido se vuelve sistema.
Y en esa lógica, la música también se vuelve narrativa emocional. El protagonista no solo habla: se envuelve en una banda sonora interna que lo habita. Hay pausas que vibran con tristeza, estallidos rítmicos que acompañan su furia, un crescendo apenas audible cuando el tono se vuelve íntimo. La música acompaña el recorrido anímico como si su alma también tuviera partitura.
Psicológicamente, el personaje vive en disociación. Oscila entre el deseo de validación del padre (fallecido) y la necesidad de ser aceptado por un presente que exige cinismo. El duelo está ahí, pero se manifiesta como deuda. En la escena del aniversario de su muerte, el diálogo imaginado con el padre —que no responde— revela no solo una herida no cerrada, sino una angustia fundacional: ¿cómo amar sin haberse sentido amado?
Esa misma pregunta se traslada al vínculo con su hija. Ella representa la distancia. El nuevo paradigma. Lo interpela sin buscarlo, espejo invertido de lo que él ya no puede sostener sin quebrarse. Lo que fue norma en su padre, hoy es desconfianza en su hija. Y lo que él cree construir, tal vez sea sólo una repetición de lo que quiso superar.
Un espejo incómodo: el espectador también hereda
La era del olvido no es una obra sobre la política. Es una obra sobre lo político. Sobre lo que cada uno hace con su herencia, con su historia, con lo que ya no sabe si recordar o negar. La pregunta no es solo para el personaje. Es para quien mira. ¿Qué hacemos con el pasado cuando estorba? ¿Dónde colocamos las convicciones cuando nos prometen eficacia? ¿Qué se hereda de un país donde todo parece comenzar de nuevo cada semana?
La puesta, lejos de subrayar, propone. Juega con el vacío. La escenografía (diseñada junto a Ariel Vaccaro) es síntesis: objetos mínimos que cambian de sentido con la luz, con la voz, con el silencio. Un perchero con trajes, zapatos de vestir, una mesa, una silla de escritorio, whisky y una luz que oficia de micrófono. El resultado es un espacio mental, simbólico, ético. Un campo de batalla interno donde lo que se discute es el precio de seguir subiendo.
Un recurso brillante de dirección (y de actuación) es el uso de diálogos incompletos. Llamadas que nunca escuchamos, interlocutores ausentes, frases fragmentadas, un celular pegado al oído que lo convierte en ese tipo que habla solo por la calle, o por la vida, tratando de convencer a alguien que ya no está. El resultado: un personaje que parece hablarle al mundo, pero está encerrado en su propio monólogo. Un loco lúcido. Un cuerdo desbordado.
Y en esa tensión, la obra alcanza su mayor potencia: cuando ya no es solo teatro, sino espejo. Un espejo que no devuelve una imagen complaciente, sino una pregunta que incomoda: ¿cuánto de lo que somos es apenas una forma de olvidar?
La era del olvido es un unipersonal de los que dejan marca. Porque no solo narra: expone, interroga, tensiona. Francisco Estrada escribe y dirige con inteligencia estructural y sensibilidad política, sin caer en el panfleto ni en la nostalgia. Y Germán Rodríguez entrega una actuación demoledora, física, emocional, filosófica, hecha de matices, contradicciones y restos.
El hijo, el padre y la ley que no cae
El personaje se debate entre el superyó heredado —la voz del padre— y el deseo actual, entramado por el mandato social de éxito. La escena del aniversario de su muerte, ese diálogo imaginado con el padre ausente, puede pensarse en clave de montaje fantasmático, donde se revela el punto de fijación del sujeto ante una ley que no termina de caer. El intento de construir una historia propia termina siendo un calco invertido del padre, y ahí la obra toca una veta lacaniana profunda: la herencia no se recibe, se toma. El sujeto no hereda un legado pasivo: debe posicionarse frente a él, elegirlo o confrontarlo.
En esa línea, la estructura del monólogo —llena de interlocutores invisibles, llamados sin respuesta, frases suspendidas— configura un yo escindido, en lucha constante con sus identificaciones. La escenografía mínima no hace más que potenciar esa escisión: hay sujeto, pero no hay Otro que lo escuche.
En este sentido, La era del olvido se inscribe en una genealogía reciente de unipersonales donde lo político y lo íntimo no se oponen, sino que se encarnan. Obras como El mar de noche (Tantanian), Pundonor (Garrote) o Muerde (Lumerman) dialogan con esta puesta desde diferentes bordes: el poder, el saber, el dolor. Todas ellas proponen lo mismo: un cuerpo solo que se enfrenta al lenguaje, al deseo y al sistema. Y el espectador, también solo, que debe decidir si olvida o si recuerda.
Es probable que muchas cosas se olviden al salir del teatro. Esta obra no.
El Camarín de las Musas (Mario Bravo 980, CABA)
Funciones: Sábados, 20:30 h
Entradas disponibles en la web de la sala
Duración: 60 minutos