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30 abril, 2016
Al diván con… Emilio García Wehbi

Por Raquel Tesone

Fotos: Nora Lezano

Emilio García Wehbi es uno de los miembros fundadores de El Periférico de Objetos y desde aquellos años logra sostener una gran producción independiente, siendo un artista multifacético de renombre internacional. Abraza y entrecruza diversos saberes en su arte, abarcando desde la actuación, la dirección teatral, las perfomances, hasta el arte visual y la docencia. Luego de la performance Herodes Reloaded, me recibió en su casa de estilo antiguo en su sala de reunión, donde dicta cursos. De fondo, una enorme biblioteca y diferentes materiales artísticos esparcidos en los rincones. Compartiendo unos mates, se dio este enriquecedor intercambio.

 
Bueno, Emilio, entonces te escucho. Contame por qué consultás.

(Risas) Es tramposo eso. En realidad no consulto, me estás consultando vos, así que habría que continuar una ficción a partir de eso.

¿Y hay alguna diferencia entre realidad y ficción? Podríamos arrancar por ahí.

No… Yo diría que hay más elementos de ficción en la realidad. Desde el punto de vista artístico, siempre hay más verdad en la ficción. La realidad es básicamente una construcción social enmascarada para poder convivir, una serie de negociaciones que, más bien, implican claudicaciones de la subjetividad, del deseo, etc. La ficción se pone en juego en el medio artístico, porque también en ese medio hay una capa de construcción muy espesa; la ficción para mí es un espacio de total libertad, de total relación con la realidad social.

¿Hay alguna verdad que ponés en juego? No me refiero a la Verdad con mayúsculas, sino a tu verdad, tu verdad subjetiva.

A esos conceptos cerrados, les tengo fobia. Yo entiendo la obra artística como la expresión de un interrogante, si fuese la manifestación de una afirmación, se perdería el deseo de producir artísticamente. Son interrogantes que ‒para ponerlo en tus palabras‒ se relacionan con verdades subjetivas no absolutas y coyunturales. Por supuesto que está relacionada con mi subjetividad, mi historicidad, mi educación, mi deseo, mi sexualidad, etc. Pero tiene que ver con los tiempos que corren, con cómo me inserto yo como sujeto en el mundo y en esta temporalidad. Yo hago performances que se articulan en el tiempo presente, y cuando hablo de coyunturas, hablo de alguien que piensa críticamente. Ver la sombra en la luz de la contemporaneidad, como lo plantea Giorgio Agamben en ¿Qué es lo contemporáneo?, la luz de la época es lo que se nos ilumina para que lo veamos, pero la cuestión es quedarse a ver la sombra de la época.

Y si nos metemos en la verdad de esta ficción, ya que sos actor, podrías actuar y pensar un motivo de consulta.

La palabra poética me gusta más que la palabra ficción, es más subjetiva en algún punto, me interesa pensar la vida como una poética. De qué modo el artista que me incumbe puede tener una vida construida de ese modo poético y no reservado para el momento de ficción social. Esto implica en algún punto ser bastante renuente a las convenciones sociales mayormente aceptadas, sobre todo, las que tienen que ver con los intercambios más suntuarios. Yo soy muy crítico de las prácticas artísticas más tradicionales o convencionales, las que reflejan más la situación del mercado. Tengo un pensamiento anarquista ‒o más bien anarco-marxista, si esto puede ser una categoría aún pensable en la contemporaneidad‒ para pensarme a mí como artista y en cómo me inserto en ese concierto.

¿Cómo ser artista dentro de las redes de poder del mercado, y hacer crítica inserto dentro del mercado? ¿Eso te genera algún conflicto?

Si vamos al juego de la consulta te diría que no, este tema lo tengo resuelto. No hago terapia, ni he hecho terapia más que en ocasiones de coyuntura, consulté por temas muy específicos frente a una angustia concreta y ha sido breve. Me ha servido para eliminar esos fantasmas, eliminarlos o ponerlos en su lugar.

Y después de la consulta, ¿fue posible poner el fantasma en el arte o en algún otro lugar?

Sí, pero mirá, o se puso en otro lugar, o volvió al mismo lugar, pero sin perturbarme (risas). Puse mucho de todo esto en mi producción, en veintipico de años hice unas 50 obras, desde performance, ópera, teatro más convencional, instalación, artes visuales, y todas tienen esta médula. No trabajo lo cosmético, sino que me meto en lugares que son complicados también para mí, porque funciona como expresión de mi inconsciente. No soy alguien que rechaza elpsicoanálisis, pero lo hago a través del arte. Siempre fui autodidacta y otra de mis características es estar fuera de regulación. No tengo formación institucional de ningún tipo, pero soy una persona con mucha curiosidad. De hecho, no terminé ni el secundario.

Parece que ya eras un rebelde en la adolescencia, ¿cómo lo tomaron tus padres?

Tuvieron que resistir (risas). Mi papá murió cuando yo era muy jovencito, a mis 18 años, y mi mamá tenía una personalidad un poco endeble. Así que al principio fue como cualquier gesto adolescente, pero luego fue una formación más autónoma. Mi resistencia tenía que ver con cómo yo entendía y me iba relacionando con el mundo. Era militante político de izquierda, si bien no era de la izquierda «dinosáurica» ‒el PC‒, sino que participaba de lugares donde el pensamiento artístico podía fluir y no se veía contaminado por mandatos que venían desde Moscú, o algo por el estilo. Esa relación con el mundo ha sido crítica: nada de lo que yo entendía como un modo posible de uno, o de todos con el mundo ‒hablo de utopía‒, se veía realizado en ningún lugar. Entre mi ser social y el mundo, opuse mi resistencia a lo institucional, a la normativa.

¿Es difícil manejarse en ese borde donde vos te movés?

Yo tuve la suerte de fundar El Periférico de Objetos, teatro alternativo post-dictadura ‒por llamarlo de alguna manera‒, a los 25 años. El Periférico se fundó en el ’90, con Daniel Veronese y Ana Alvarado fuimos compañeros durante 20 años. Fuimos conocidos, y tuvimos una inserción internacional muy rápida, esto de ingresar a un lugar que nos empoderó, me permitió poder resistir a las instituciones. 7

Hay algo de esta impronta en tu infancia, ¿cómo eras de niño?

De niño fui bastante introvertido y reservado, ya asomaban algunos síntomas de lo artístico con los actos de la escuela, donde era puesto fijo. Luego en mi adolescencia fui muy opositor, generador de muchas resistencias, con los docentes, con la educación. Yo vivía en Villa Devoto y mis padres me mandaron a un colegio privado bilingüe, el Villa Devoto School. Colegio que representaba a las capas medias con voluntad de ascenso social, cuando mi padre era un obrero que había podido independizarse y mi madre era un ama de casa. En cierta forma, yo estaba en un marco social que no me pertenecía. Mi papá era un viejo socialista utópico sin más que educación primaria, pero con sólidos principios, con la idea del progreso como ese lugar al que había que llegar.

Tu padre te dio todos los elementos para que te rebeles.

(Risas) ¡Tal cual! Creía que cuanto más podía pagar un colegio, mejor era. Cuando en aquel momento, la educación pública todavía era un lugar interesante ‒pese a la dictadura‒. Era una educación que correspondía a un orden social que a mí no me interesaba. Repetí un año de inglés en el secundario, y hacía mucho lío, hasta que me expulsaron. Paradójicamente, mis padres no encontraron otro lugar que ponerme los dos últimos años en un colegio católico, pese a que mi padre era un ateo acérrimo y odiaba la curia. Terminé en el Colegio Claret, un colegio nefasto con curas atroces, yo me oponía y me decían: «No hay que hablar tanto, porque por hablar te pueden pasar cosas muy feas». Yo vivía en una nube de pedos, no entendía qué estaba pasando en esa dictadura, pero las amenazas eran concretas. En mi adolescencia se cuaja, o empieza a levar, mi relación con el mundo, con lo instituido, lo normativo y lo institucional.

¿Y qué te ocurrió en el Claret?

Debo materias aún. Ese último año entré en el servicio militar, último año de dictadura: yo entro en enero y Alfonsín asume en octubre. Al salir del servicio militar, me empiezo a reencontrar con mi padre, y ahí se enferma y el cáncer lo mata muy rápido. Ese reencuentro fue una despedida.

Siendo tu padre un socialista utópico y ateo, ¿no creés que te reencontraste en algo que él deseaba?

Es muy posible… Finalmente, logré ese posicionamiento como artista por haberme empoderado con El Periférico. En el ‘87 se abre una audición para titiriteros en el teatro San Martín, me presenté y quedamos elegidos con Veronese y Alvarado. Comíamos del teatro San Martín, pero creamos una obra artística que no tenía nada que ver con lo que se hacía ahí. Cuando empezamos a girar en el exterior y tener nuestra autonomía económica, renunciamos a ese espacio, y cada uno empezó a reforzar sus intereses personales. Durante un tiempo, convivimos. Daniel escribía mucho en aquel tiempo, yo empecé a trabajar como artista visual, y de a poco los caminos se fueron abriendo, y primó más la estética personal que la estética colectiva del grupo. Es algo que me parece absolutamente sano y una forma de crecimiento.

Ahí te singularizaste desde lo multifacético.

Me gusta moverme en distintos espacios, y la idea de romper los bordes. Me interesan los límites, dónde empieza el teatro y dónde la ópera, dónde empiezan las artes visuales y dónde el teatro, dónde el teatro y dónde la performance. En esos lugares me interesa ser más fuerte para discutir con el medio y conmigo mismo, y al mismo tiempo, ubicarme en un lugar de fragilidad, de modo de no tener la seguridad de saber hacer lo que hago, sino de encontrarme con que el desafío es estar en un territorio nuevo cada vez.

¿Y buscás ser expulsado de esos territorios o quisieras ser aceptado?

No, no ser aceptado, pero sí generar la posibilidad de visibilidad para marcar la diferencia, no para la integración. Es una operación política. No me interesa ni la televisión, ni el circuito comercial. Me procuro mi vida de otro modo, por suerte: soy docente particular en puesta en escena y dirección, doy clases acá. Hay una maestría en Teatro y Artes Vivas en la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá, donde soy docente invitado. Vale decir que estoy en espacios bastante libertarios dentro de las instituciones, y acepto por conocer a los artistas que son parte de ese proyecto.

Hay una búsqueda de libertad constante.

Sí, pero la libertad es un compromiso con la ética. Por lo general, no queremos ser libres, porque cuanto más regulados estamos, menos esfuerzos uno tiene que hacer. La libertad es un trabajo importante. Me interesa ese trabajo, y trabajo en simultáneo en muchos proyectos. Empecé a escribir porque necesitaba textos para poner en escena que no encontraba escritos, y cuando tuve muchas obras, empecé a publicar. Publiqué un libro de textos y fotografías con Nora Lezano, Communitas; el año pasado publiqué otra obra que se llama Luzazul; en 2012, mi primer libro que se llama Botella en un mensaje.

¿Te sentís feliz?

No creo en la idea de felicidad. Para mí uno de los principios de la acción es la insatisfacción. La idea de deseo, no del goce, que es más coyuntural, más temporal, y siempre utópica. Esa búsqueda del deseo me impulsa, si estuviese satisfecho y feliz con lo que hago, no haría más nada. Necesito lo nuevo y lo otro, lo nuevo es más valioso que lo conocido, en el sentido que el otro me completa y su diferencia me da valor a mí. La idea de la otredad me seduce mucho. En Herodes Reloaded, por ejemplo, abordo la relación entre infancia y capitalismo. De qué modo el niño funciona como una prenda de mercado, y los padres también, cómo uno como padre es productor del sujeto de mercado. Yo soy padre de un hijo de 26 años, y reflexioné mucho sobre cómo educarlo potenciando su gesto de libertad y no sometiéndolo a mandatos o ideas que son mías. De hecho, él mismo actuó hasta los 15 años y él mismo dijo «esto no me interesa más».

Un papá que deja lugar a la rebeldía.

Sí, de hecho es un sujeto muy autónomo, fascinante y con mucha libertad. Todo el tiempo estuve pensando en eso, era mi único Norte como padre, darle todas las herramientas posibles para que él pudiese elegir.

Entonces, como padre, lo lograste.

Espero que sí.

Dejamos acá.
Del otro lado del diván

Emilio acepta la consigna de la entrevista, para luego oponerse, sin que esto implique contradicción alguna, sino su carta misma de presentación. Dice ser un opositor y es consecuente con lo que es. La resistencia y la oposición son su forma de afrontar al mundo y al otro, y esto es parte constitutiva de su identidad y de la impronta esencial de su trabajo. En la medida que avanza la entrevista como un espacio de libertad, su fobia a quedar encerrado en conceptos o pre-conceptos que lo encorseten, cede. No hay demanda de análisis, ya que sus cuestiones y fantasmas en este momento parecieran estar reservados para su terapeuta: el arte. Por eso, para saber de Emilio, no es suficiente esta entrevista y, quizás, tampoco muchas otras. En todo caso, es en sus obras donde el niño reservado e introvertido se expresa, y se puede mostrar; es allí donde puede simbolizar, representar y poner en juego su verdad. Sus trabajos artísticos serían como hijos simbólicos, donde él puede, él tiene, el empoderamiento como padre, donde su niño y su adolescente pueden, a través del arte, liberarse. En este sentido, las marcas de su padre y su rebelión se manifiestan en el acto artístico al sublevarse frente a un sistema que engendra alienación. Gracias a su autonomía, pudo resistirse a las imposiciones de las instituciones y, así, poder transformarse en un verdadero autodidacta.