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El Gran Otro | Lunes 10 de Diciembre de 2018

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Herbie Hancock, camaleónico

Herbie Hancock, camaleónico
Por Darío Duarte

 

El pasado 14 de noviembre se presentó en Buenos Aires el pianista y compositor Herbie Hancock. Ganador de 14 premios Grammy y del Grammy Lifetime Achievement Award que se le otorgó en el año 2016 por su trayectoria artística, la visita a nuestro país de este legendario músico nos ofrece la oportunidad para repasar algunos de los hitos más importantes de los casi sesenta años de carrera. Hancock, es una figura central dentro de la música popular más experimental y menos atada a formulismos, a tal punto que su producción musical lo convirtió en una referencia obligada para la formación de toda una generación de músicos. Desde sus inicios con el jazz a sus diferentes colaboraciones de la actualidad, pasando por el hip- hop, el funk, la música techno e incluso el pop, Hancock siempre ha estado abordando la música con una óptica vanguardista y novedosa. Esta característica en su producción hace que sea difícil encontrar una definición estable para Hancock ya que sigue siendo un músico inquieto que en cada producción renueva su paleta de sonidos y sus intenciones musicales.

Nacido en Chicago, una ciudad de marcada inspiración jazzera, y pianista de la segunda formación del quinteto del mítico trompetista Miles Davis, este músico ha transitado las fronteras de varios géneros musicales, yendo y viniendo de uno a otro con una fluidez impactante. Herbie Hancock es sinónimo de curiosidad y de un enorme sentido de la experimentación. Hablar de Hancock es seguir las pistas complejas de un pianista ecléctico o más bien tecladista para hacer justicia de la amplitud de los medios que usa en sus canciones ya que no se limita a tocar el piano solamente. Su música no se ciñe a reglas gramaticales musicales específicas, sino que las inventa con cada una de sus composiciones.

Herbie Hancock, camaleónico. Imagen de Twitter.


Variaciones sobre un hombre sandía

Su álbum debut como líder de una formación suya fue Takin’ off de 1962. Allí aparecería Watermelon man que sería su primer gran éxito comercial en parte porque en la grabación aportó las percusiones Mongo Santamaría, quien por entonces era un músico que tenía una gran llegada con el público. Esta es una canción de un claro ejemplo del devenir en la música de Hancock siempre posible de proyectarse a direcciones insospechadas.

Portada del álbum Head Hunters de 1973


Watermelon man
no tardaría también en convertirse en un estándar de jazz que muchos músicos frecuentarían en sus interpretaciones. Es así que esta canción sería re-versionada posteriormente por varios músicos que la incluirían en sus álbumes, entre las que contamos una que fuera hecha por el mismo Hancock en 1973 para el álbum Head Hunters. Pero esta nueva versión sería sustancialmente diferente. La primera, de 1962, se destaca por la facilidad en la escucha y lo directo de la intención musical. Esta versión está apoyada por una sonoridad que lo acerca a un color más bien latino y es también un exponente del género boogaloo -también conocido como palomita de maíz- que daría lugar a una gran cantidad de canciones en esa línea. Por el contrario, en Head Hunter la variación sobre Watermelon Man es radical. La experiencia de escucha que se nos plantea es de mayor complejidad ya desde que comienzan a sonar las botellas ejecutadas por el percusionista Bill Summers, tratando de imitar la sonoridad de la música de las tribus de África central. La desintegración sonora que realiza de su primer éxito sería mediante el cambio de una pulsación en clave latina por una de mayor densidad cercana a un funk de sabor ácido, zanjando un escenario completamente diferente. Si en la versión de 1962 se nos invitaba a escuchar bailando mediante trazos ondulados, en la de 1973 la escucha se vuelve cerebral y angulosa mediante el uso de frases breves y cortantes. La obra de Hancock se vuelve más experimental y sería un antecedente que anunciaría sus composiciones posteriores más audaces.

Sonidos artificialmente naturales

Otro aspecto para destacar que lo convierten en pionero en el ámbito del jazz es el uso de los sintetizadores para ampliar los sentidos musicales posibles. El uso del sintetizador revolucionará la música de los sesenta y setenta del siglo pasado otorgándole a las producciones un sello sonoro característico. Hancock haría uso de estos ya desde la formación que tendría con Miles Davis. Allí tocaría el mítico Fender Rhodes. Cuentan la anécdota que el trompetista reemplazó en uno de los ensayos de su quinteto al piano que usualmente tocaba Hancock, para sorpresa de este último, por aquel Fender con la idea de introducir sonoridades novedosas en las improvisaciones. Desde allí, Hancock le agregaría en sus conciertos al piano de cola algún dispositivo electrónico, generando una convivencia entre sintetizadores de sonidos procesados y el cuerpo rudo y de ataque brillante del piano que tiene como resultado un balance artificialmente natural entre ambos.

Después de Hancock se ha vuelto común escuchar sintetizadores en el jazz. Las innovaciones electrónicas del sonido no podían quedar afuera ya que ampliaban los recursos compositivos a un nivel exponencial. Con Hancock el jazz adquiere un poco del desenfreno del rock, se electrifica y se fusiona a ritmos vibrantes como el funk. El musicólogo Juan Pablo González dice que una característica de la música popular es lo modernizante de los medios con que cuenta para su desarrollo. Con Hancock, esto se cumple claramente, ya que su música está ávida de las innovaciones tecnológicas.

Hancock eléctrico. Fotografía de Ozy

 

La música de este compositor está elaborada a base de frases cortantes, herederas del jazz en su instancia hard bop, y se presenta siempre con timbres punzante sin concesiones, aunque con una exquisita búsqueda de prolijidad incluso en las experiencias más intrincadas. Directa, pero rica en texturas, la de Hancock es una música para que el oyente se recree con la complejidad contrapuntística propuesta en muchas de sus composiciones y reconstruya con la mente un escenario de una espacialidad de varias dimensiones. Las disonancias de su música están controladas para que se ajusten al orden del vibrante ritmo musical que es la base de sus composiciones. Esto se traduce que sobre la base del funk o del rock, el pianista oriundo de Chicago es capaz de disponer sonoridades abiertamente disonantes con un entorno armónico igualmente complejo.

Si consideramos la música que produjo en la década de 1980 parece estar aún hablándonos desde el futuro para alentar incursiones musicales que equilibren un gusto más pop con sonoridades novedosas. Esa será una década marcada por la técnica musical de gestos robóticos de la cual el ejemplo más acabado es su éxito Rockit. En esta canción Hancock comienza usando la técnica del scratch muy popular en la época, pero la presenta de una manera renovada: aquí no es sólo un efecto sino que es usada para crear una línea melódica con entidad propia que se refuerza con la parte instrumental solista que le otorga alrededor del minuto 2:00.

Destacamos que de cada una de sus incursiones tomará un elemento que irán constituyendo algunas de sus señas características. Del jazz, será ese impulso por la improvisación, de esa necesidad de que la obra se cree en tiempo real y que esté abierta al cambio permanente con cada nueva ejecución. Del funk, tomaría un pulso energético casi hipnótico que nos arrastra con una dosis fuerte de adrenalina durante toda la canción. La ingeniería, carrera que estudió Hancock, deviene en una ingeniería sonora puesta al servicio de efectos y cúmulos de sensaciones espasmódicas.

Colaboraciones camaleónicas

La flexibilidad y adaptabilidad del trabajo de Herbie Hancock puede también observarse en las colaboraciones con otros músicos. En agosto de este mismo año, Hancock tocó con la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles, que tuvo al frente al director venezolano Gustavo Dudamel, en un concierto entero dedicado a George Gershwin. Hancock tuvo a su cargo la intrincada y radiante parte de piano de la Rhapsody in blue. Un dato para destacar es que Gershwin se constituyó como una figura trascendente por haber superado las fronteras del género de jazz, algo que Hancock supo también hacer muy bien.

Pero, Hancock también sabe moverse en otros campos de la música, lo que puede apreciarse en un disco de fusión entre hip- hop y jazz- funk que está preparando junto con raperos como Kendrick Lamar y Snoop Dog. Este último en el 2013 en un concierto homenaje a Hancock en el Kennedy Center Honors al final de su intervención cerró con un claro «Gracias por inventar el hip- hop», a lo que el público respondió con una ovación. Los cruces que evidencian que su música es posible de relecturas desde un género como el hip- hop lo podemos ver también con su canción Cantaloop Island que fue versionada por el rapero US3.

El género pop no estaría afuera de sus proyectos musicales. Un ejemplo es la suavidad de su canción Don’t give up compuesta para el álbum The imagine project es interpretado por P!nk y John Legend, que demuestra que conoce cómo generar estribillos encantadores. Claro que la marca de las extensiones típicas de sus canciones estaría dada por la duración de 7.28 minutos de esta canción. Santana, Paul Simon, Sting, son sólo algunos de los nombres que figuran entre los que colaboraron para discos de Hancock lo que nos hace a la idea de cómo concibe la música este compositor que rebosa cambios profundos en cada proyecto artístico que aborda.

Hancock compone desde el futuro

La música de Hancock es siempre fresca y está vigente por una vocación de experimentación para estimular todos los sentidos. También observamos la increíble adaptabilidad a diferentes géneros y formatos siempre con una gran justeza y originalidad. Quizás si queremos ensayar un término que nos acerca a la forma en que trabaja en su música podamos tomar en préstamo una de sus obras. En el álbum de 1973 aparece un track llamado Chameleon. En esta canción se presenta una melodía que va sufriendo variaciones a lo largo de los pocos más de 15 minutos de duración sobre un bajo ostinato que insiste en volver. ¿Será ese título acaso un anuncio, en el contexto de un trabajo integral como es Head Hunters que marcó una inflexión en su carrera, de lo que sería una carrera signada por la permanencia en la experimentación y por la mutación permanente que ha explorado paletas de sonidos muy amplias, así como géneros disímiles? Le dejo al lector de estas líneas esa respuesta luego de haber repasado alguna de las canciones de este compositor que aún sigue joven a sus 78 años.