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5 noviembre, 2012

LITERATURA

Entrevista con María Teresa Andruetto, reciente ganadora del premio Hans Christian Andersen

 

Por:  Gonzalo Figueroa

 

La escritora cordobesa ganó el premio más importante de literatura infantil y juvenil. Una entrevista sobre cómo se encuentra Argentina en ese género y cómo inculcar el hábito de la lectura en los más chicos.

 

María Teresa Andruetto ganó recientemente el premio Hans Christian Andersen, el premio más importante a nivel mundial a la literatura infantil y juvenil. Es conocido como el «pequeño Nobel de Literatura» y se otorga cada dos años. Su nombre es —claramente— en honor al genial escritor danés, autor de El traje nuevo del emperador, El soldadito de plomo y tantos otros. La reina Margarita II de Dinamarca le entregará el premio a Andruetto; será la primera vez que el galardón quede en manos argentinas. El jurado se expresó, diciendo que eligieron a María Teresa Andruetto por «su maestría en la escritura de obras importantes y originales que están fuertemente centradas en la estética. Sus libros se refieren a una gran variedad de temas, como la migración, los mundos interiores, la injusticia, el amor, la pobreza, la violencia o los asuntos políticos».

¿Esperaba la posibilidad de ganar este premio?

Pienso que este premio que se me ha dado tiene su correspondencia en el momento que vive la literatura infantil-juvenil argentina, en franco crecimiento. Mirado desde ahí, tal vez no se trata de un hecho aislado. En cuanto a esperarlo, no sé qué decir. He ido celebrando cada avance. La candidatura por la Argentina el año pasado fue una gran alegría; después celebré estar entre los finalistas, siempre pensando que todo terminaría ahí. El mes pasado llegó el premio, con mucha alegría, con todo el movimiento que significa y, por momentos, también con mi desconcierto.

¿Hay pocos autores argentinos que se dediquen a la literatura infanto-juvenil con respecto a otros países? ¿Por qué? ¿Eso es lo que hace que usted sea la primera argentina en ganar este premio?

No creo que el premio tenga que ver con la poca cantidad de escritores. En todo caso, puede tener más que ver con la abundancia de ilustradores, escritores, editores y especialistas que hay en este campo en nuestro país, en este momento de nuestras vidas. En cuanto a ser la primera argentina en obtenerlo, es también un toque de la suerte. Imagino que ciertas circunstancias favorables del contexto han de haberse sumado a la obra misma.

¿Cómo se encuentra nuestro país respecto del resto del mundo en literatura infantil?

No tengo un panorama mundial de la literatura infantil, como sí lo tengo de la literatura infantil argentina. Considero que nuestra literatura infantil (periférica, con relación a la de los países anglosajones u otros países europeos que han tenido un desarrollo más temprano y probablemente más intenso) está en franco crecimiento, acompañada del crecimiento editorial del país, porque la literatura es un arte para cuya circulación es muy importante la industria, una forma de la creación más democrática que otras formas, si se quiere, porque no existe en ella la pieza única, sino la reproducción en serie, de modo que sin la intervención de la industria editorial es difícil sostenerla y hacerla circular.

¿Está subvalorada la literatura infanto-juvenil respecto a la literatura para adultos?

Creo que en algunos aspectos, como la valoración académica, los espacios de la crítica y ciertas zonas sagradas de canonización, sí. En cambio, no es así en la circulación misma y en la cantidad de lectores que capta. Allí los números son casi siempre superiores a los de la literatura para adultos.

¿Qué diferencia hay entre escribir para un público infanto-juvenil o un público adulto?

Cuando el destinatario es muy pequeño la especificidad «infantil» es más notoria. Luego, a medida que el lector se hace más grande y ha leído más, se van diluyendo las diferencias entre lo que es «para niños» o «para jóvenes» o «para grandes». En ocasiones es la edición (el diseño, las ilustraciones, el tipo de papel) la que termina por definir hacia quién dirigir un libro, a veces es el mediador de lectura quien considera que un libro puede interesarle a un niño o un joven mas allá de donde haya sido editado.  Cuando escribo, verdaderamente no me preocupa quién puede llegar a leer ese libro, me preocupa el libro en sí, el camino de escritura, pero luego —algunas veces por el camino, en otras ocasiones al terminarlo—, tal vez porque conozco bastante el mundo editorial de mi país, muchas veces imagino en qué colección y editorial ese libro podría tener cabida.

¿Qué leía de chica?

De todo y bastante desaforadamente, es decir, sin criterios ni valoración de lecturas prestigiosas o degradadas, sino por pura compulsión lectora. Eso fue así hasta los doce años aproximadamente. Entonces descubrí, en la biblioteca de la escuela, durante el primer año de secundario, a los narradores argentinos de los años sesenta y comencé a leer de otro modo, comencé lentamente a distinguir y a organizar en mi cabeza un corpus literario.

 

***

 

Es un rumor que corre por todos lados. Incluso, más que eso: es casi un axioma que casi todos aceptan y que se cuenta con nostalgia: los niños y los jóvenes no leen (o leen poco). Las nuevas (ya no tan nuevas) tecnologías y la primacía de internet y los videojuegos sobre los libros inspiran estas ideas apocalípticas que casi nadie discute. ¿Los niños y los adolescentes no leen? Quién mejor que Andruetto para saber:

¿Cómo se inculca la lectura en los niños?

Básicamente, accediendo a buenos libros, libros que seguramente acercará algún adulto. Brindándoles buenas ocasiones de encuentro con esos libros y frecuencia de esos encuentros. Cuando hay buenos libros, momentos favorables, persistencia en los encuentros y hay adultos inquietos, generosos lectores, ese camino se va abriendo. Luego y antes, está la escuela como la gran ocasión para iniciar ese camino, si es que ese camino no ha comenzado ya a abrirse antes, en la casa. Entonces, para convertirnos en lectores necesitamos calidad y diversidad de libros, necesitamos maestros lectores y necesitamos bibliotecas y espacios de encuentro entre esos libros y esos lectores en formación. A la escuela le cabe ese potencial, porque —más allá de la diversidad de realidades escolares de cada región y de cada país— es el espacio de circulación de saberes más democrático que tenemos. Es ahí donde anida la posibilidad de achicar la brecha entre chicos que provienen de hogares lectores y otros que provienen de hogares donde la lectura no está presente.

Leí que trabaja más como educadora que como escritora, ¿cómo se define cuando tiene que llenar un formulario?

Me defino como escritora desde hace cosa de siete, ocho años, porque esa es mi actividad fundamental en este último tiempo, pero he trabajado mucho en educación, particularmente en modos diversos de formación de lectores (de alguna manera escribir también es «formar lectores») y eso ha impregnado sin duda un modo de ser, de estar en el mundo.

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