Image Image Image Image Image Image Image Image Image Image
Menu +

Arriba

Top

16 julio, 2019

El Refugio de los Invisibles

Por María Azul Bianchi

El Refugio de los Invisibles

“Baja la visera de la gorra cuando pase la gente,
¿Para qué estudiar una gramática extranjera?
El mensaje que te pide que regreses
estará escrito en un idioma familiar”.
(B. Brecht “Reflexiones sobre el exilio” 1944)

 

La obra El refugio de los invisibles de Catalina Briski nos quita la visera y nos enseña que el idioma es universal. De esta manera, a través de la sublimación de una temática como la expropiación de la identidad, el exilio, el desamparo; nos permite conectarnos con un dolor personal.

Alguna vez nos preguntamos sobre nuestro lugar de pertenencia indagando en nuestros recuerdos; transformando, idílicamente, aquel origen de los sueños. El follaje de otoño, las flores en primavera, el viento y el frío en invierno; son algunas de las texturas que acompañan un universo de colores imaginarios que encubren, usualmente, nuestros peores temores.

 

 

En la obra los personajes interpretados peregrinan en busca de un espacio interior, y, al mismo tiempo un espacio sociocultural que los albergue. El vacío cultural en el que se encuentran; el desamparo, es uno de los escenarios que la obra presenta. Los personajes permanecen marginados; expatriados, sólo tienen algunos objetos que los acompañan en el trayecto del lamento.

Unas pocas cosas personales traídas de un país lejano, un documento de lo que fueron. Una cama, una valija, el vestuario junto con el uso de cierta gama de colores tierra entre el marrón y el amarillo recordándonos otra época del Arte donde predominaban los colores puros y las texturas curvilíneas. Rápidamente, nos remitimos a una estética neoclásica y neorromántica donde se actualizan los paradigmas de belleza y exaltación de la figura humana para dar comienzo a la era posmoderna con la ruptura del discurso y, con éste, de los grandes relatos.

Donde antes hubo riquezas; ahora, hay pobreza y desolación. Un «antes» nostálgico, poblado de sentimientos encontrados. Una bella época que culmina con las dos grandes guerras mundiales partiendo el mundo en dos; los exilios forzados por el hambre, la persecución política, racial, sexual a nivel mundial. En este contexto, los personajes vagan en el presente y el recuerdo; entre el sueño y la vigilia, sin saber a ciencia cierta a qué temer.

Los personajes devienen de un país extraño y desconocido; poseen su propio idioma indescifrable.  A veces, vemos sólo gestos indicativos de una expresión, una idea; otras veces, la danza hace de nexo comunicativo. La expresión corporal de los performers en escena se transforma en una clave que permite develar la personalidad y el estado de ánimo de cada personaje; los personajes se construyen desde el cuerpo como una textualidad para ser interpretada; surgiendo, de esta manera; una serie de primeros planos: rostros-retratos que configuran una composición de imagen pregnante ante la mirada del espectador.

En el rostro la carga emotiva; la melancolía por la partida hacia nuevos rumbos desconocidos, la expresión en la danza en un espacio tiempo indeterminado entre sueños, recuerdos, y una memoria del dolor. Una danza que demarca el sentimiento de la ausencia de lugar y sentido; la construcción de las escenas da cuenta de una no unidad de espacio-tiempo-acción aristotélicos enmarcando su carácter performático y poético.

 

 

La expresión de una corporalidad desgarbada, enclenque, pero, por momentos divertida, esperanzadora; la conjunción de un grupo de personajes con la identidad de exiliados e invisibles para la sociedad ciega e indiferente son el núcleo temático de la obra.

La llegada a un territorio desconocido. El pasaporte como documento de identidad nos remite a las inmigraciones extranjeras que llegaron a nuestro país después de la guerra trayendo consigo sólo lo que traían puesto y una maleta. Conviviendo en una pensión de mala muerte entre paredes de humedad y suciedad. Es allí donde surge el lamento, la danza y la imaginación creadora; el grito desgarbado de una generación.

El ser extranjero, provenir de tierra lejanas extrañando aquellos paisajes nacionales. Pero, también, el extrañamiento de la conducta en un nuevo contexto social, el volverse extraño a sí mismo, desconocido. Ser extranjero, animar figuras caricaturescas que cobran vida en un paraje de desolación. Hablar sin ser escuchado, mirar sin ser mirado, gritar sin ser oído; el extrañar la presencia, la vida misma.

¿Cómo posibilitar la mirada hacia un ser extranjero?; hacia un otro diferente, pero igual? La obra logra sensibilizar al espectador acerca de esta pregunta abriéndose a la posibilidad del juego teatral a través de la sensibilización de la percepción corpórea del espacio dotándolo de cierta densidad a los personajes en sus desplazamientos, en sus acciones y en su danza.

A la hora de extrañar el gesto, el registro actoral expresionista colabora en la exacerbación de la corporeidad, soporte material de la actuación, elemento plástico maleable para su articulación artificiosa en la creación escénica. Poner el cuerpo en la escena es un hecho político, encarnar la palabra en el cuerpo, disponer de éste para expresar y comunicar una idea; más allá de lo dicho en el texto dramático.

En el Refugio de los invisibles los diálogos de los personajes dan cuenta de un lenguaje otro, inventado, extrañado; funcional al propósito de encarnar el ser extranjero, siendo sujeto proveniente de un lugar otro diferente al actual los recuerdos se reactualizan en siluetas difuminadas, en un mapa único desdibujado.

El recuerdo teñido por la nostalgia de lo perdido. El sentimiento de melancolía frente a las huellas de aquello que fuimos y no volveremos a ser. ¿Descansar en el recuerdo o seguir reinventando otros nuevos? Poner en escena un conflicto para colocarlo en tela de juicio, animarse a adentrarse en la piel de un ser otro diferente, pero en condición de igualdad.

Buscar en la obra un sentido social más allá del meramente estético. Desentrañar una verdad relativa tendiente a la globalización de la mirada sobre problemáticas culturales y sociales que nos competen a todos. Quizás, la realidad se presenta en forma escénica para que reflexionemos acerca de nosotros mismos.