Image Image Image Image Image Image Image Image Image Image
Menu +

Arriba

Top

15 octubre, 2012

Erosión de suelos en Argentina, un problema ambiental y social

Un 20% del suelo argentino se encuentra en estado de erosión.
De manera silenciosa, casi sin darnos cuenta, la erosión del suelo avanza en la región y se vuelve uno de los principales problemas ambientales, sociales y económicos que debe enfrentar el país.

Por: Paula Rizzi

En materia medioambiental estamos acostumbrados a asombrarnos por los grandes desastres naturales como tsunamis, terremotos o huracanes, que por lo general ocurren en otras zonas del globo y sobre los que resulta casi imposible actuar. Pero, cuando se trata de procesos graduales, que poco a poco van modificando nuestro entorno y requieren de acciones inmediatas para no volverse irreversibles, cobran una escasa o nula difusión.

En la Argentina uno de los mayores problemas ambientales es la degradación o erosión de los suelos, un camino sin retorno, dado que la tierra que se pierde es casi imposible de recuperar. Sin embargo, pocas veces se analiza esta situación y se reconoce la importancia de su preservación, incluso en un país basado en la actividad agropecuaria y que depende de este recurso para el desarrollo económico y social.

La vida en el planeta, tal como la conocemos, sería imposible si no existiera el suelo. Esta delgada piel de la tierra es fuente de agua y nutrientes para las plantas, lo que posibilita el desarrollo de los ecosistemas. Además, tiene la capacidad de producir todos los alimentos que consumimos a diario, mantener el equilibrio de la atmósfera, receptar residuos y filtrar contaminantes. De su óptima conservación, entonces, depende la economía de los pueblos, el bienestar de las personas y el desarrollo de la biodiversidad.

A pesar de su importancia, las actividades humanas implementadas a lo largo de los años no tuvieron en cuenta su preservación, por lo que en la actualidad los diversos procesos de degradación o erosión están ocasionando la disminución de su calidad y, en algunos casos, la pérdida total.

La degradación del suelo es el proceso por el cual pierde importantes propiedades, en cambio, la erosión es un fenómeno más complejo, dado que genera la expiración del material superficial por efecto de arrastre del viento y del agua —erosión eólica y erosión hídrica—. En este sentido, un 75 % del suelo argentino se encuentra degradado y un 20 %, en estado de erosión. Se trata de un fenómeno que no solo perjudica a la calidad de la tierra y la vuelve improductiva, sino que además puede generar procesos más complejos e irreversibles como la desertificación, es decir, la conversión en desierto de un territorio árido, semiárido o subhúmedo.

Si bien esta situación puede asociarse a condiciones climáticas adversas, como prolongadas sequías e inundaciones, las actividades humanas tienen, ciertamente, la mayor parte de la responsabilidad. Por ejemplo, algunos de los procesos cotidianos que tienen lugar en la región son el desmonte e incendio de áreas forestales para el desarrollo de la actividad agrícola en el Chaco; la sobreexplotación de las tierras y su manejo inadecuado con presencia de monocultivos como la soja transgénica; el excesivo pastoreo por parte de la hacienda ovina en la Patagonia; la gran utilización de agroquímicos, insecticidas o herbicidas que generan contaminación y la expansión de las áreas urbanas.

El problema nace de la idea arraigada de que se necesita intensificar la producción en el menor tiempo posible, lo que lleva a producir en base a modelos poco planificados y pensados en el corto plazo. Por el contrario, otros fundamentan que estos procesos son necesarios para asegurar la distribución alimentaria y que la degradación, erosión y desertificación ponen en peligro el sistema productivo e intensifican los riesgos sociales y económicos que llevan a la pobreza y la marginación.

Un claro ejemplo es el de la soja transgénica, monocultivo que ocupa 18 millones de hectáreas del territorio nacional —es decir, el 50 % de la superficie agrícola—. Para su desarrollo se requiere del uso excesivo de agroquímicos que contaminan el aire, el suelo y el agua, y ponen en riesgo la salud de las personas. Además, necesita de la extracción de miles de nutrientes del suelo, esto genera su progresiva degradación y erosión. Como corolario, el producto que se obtiene se exporta —en su mayor parte— y las ganancias quedan en pocas manos.

Resulta fundamental tomar conocimiento y comprender que la erosión del suelo es uno de los mayores problemas a nivel nacional y global. Esta problemática, que se intensifica cada vez más, es la consecuencia de haber aplicado durante muchos años métodos que no tienen en cuenta los efectos a largo plazo. Es hora pensar a futuro y trabajar con los recursos naturales de manera sustentable. Para esto se necesita de un fuerte compromiso estatal, con legislación pertinente e incorporación de planes de educativos dirigidos a toda la comunidad.

Por: Paula Rizzi.

Un 20% del suelo argentino se encuentra en estado de erosión.

De manera silenciosa, casi sin darnos cuenta, la erosión del suelo avanza en la región y se vuelve uno de los principales problemas ambientales, sociales y económicos que debe enfrentar el país.

[showtime]

En materia medioambiental estamos acostumbrados a asombrarnos por los grandes desastres naturales como tsunamis, terremotos o huracanes, que por lo general ocurren en otras zonas del globo y sobre los que resulta casi imposible actuar. Pero, cuando se trata de procesos graduales, que poco a poco van modificando nuestro entorno y requieren de acciones inmediatas para no volverse irreversibles, cobran una escasa o nula difusión.

En la Argentina uno de los mayores problemas ambientales es la degradación o erosión de los suelos, un camino sin retorno, dado que la tierra que se pierde es casi imposible de recuperar. Sin embargo, pocas veces se analiza esta situación y se reconoce la importancia de su preservación, incluso en un país basado en la actividad agropecuaria y que depende de este recurso para el desarrollo económico y social.

La vida en el planeta, tal como la conocemos, sería imposible si no existiera el suelo. Esta delgada piel de la tierra es fuente de agua y nutrientes para las plantas, lo que posibilita el desarrollo de los ecosistemas. Además, tiene la capacidad de producir todos los alimentos que consumimos a diario, mantener el equilibrio de la atmósfera, receptar residuos y filtrar contaminantes. De su óptima conservación, entonces, depende la economía de los pueblos, el bienestar de las personas y el desarrollo de la biodiversidad.

A pesar de su importancia, las actividades humanas implementadas a lo largo de los años no tuvieron en cuenta su preservación, por lo que en la actualidad los diversos procesos de degradación o erosión están ocasionando la disminución de su calidad y, en algunos casos, la pérdida total.

La degradación del suelo es el proceso por el cual pierde importantes propiedades, en cambio, la erosión es un fenómeno más complejo, dado que genera la expiración del material superficial por efecto de arrastre del viento y del agua —erosión eólica y erosión hídrica—. En este sentido, un 75 % del suelo argentino se encuentra degradado y un 20 %, en estado de erosión. Se trata de un fenómeno que no solo perjudica a la calidad de la tierra y la vuelve improductiva, sino que además puede generar procesos más complejos e irreversibles como la desertificación, es decir, la conversión en desierto de un territorio árido, semiárido o subhúmedo.

Si bien esta situación puede asociarse a condiciones climáticas adversas, como prolongadas sequías e inundaciones, las actividades humanas tienen, ciertamente, la mayor parte de la responsabilidad. Por ejemplo, algunos de los procesos cotidianos que tienen lugar en la región son el desmonte e incendio de áreas forestales para el desarrollo de la actividad agrícola en el Chaco; la sobreexplotación de las tierras y su manejo inadecuado con presencia de monocultivos como la soja transgénica; el excesivo pastoreo por parte de la hacienda ovina en la Patagonia; la gran utilización de agroquímicos, insecticidas o herbicidas que generan contaminación y la expansión de las áreas urbanas.

El problema nace de la idea arraigada de que se necesita intensificar la producción en el menor tiempo posible, lo que lleva a producir en base a modelos poco planificados y pensados en el corto plazo. Por el contrario, otros fundamentan que estos procesos son necesarios para asegurar la distribución alimentaria y que la degradación, erosión y desertificación ponen en peligro el sistema productivo e intensifican los riesgos sociales y económicos que llevan a la pobreza y la marginación.

Un claro ejemplo es el de la soja transgénica, monocultivo que ocupa 18 millones de hectáreas del territorio nacional —es decir, el 50 % de la superficie agrícola—. Para su desarrollo se requiere del uso excesivo de agroquímicos que contaminan el aire, el suelo y el agua, y ponen en riesgo la salud de las personas. Además, necesita de la extracción de miles de nutrientes del suelo, esto genera su progresiva degradación y erosión. Como corolario, el producto que se obtiene se exporta —en su mayor parte— y las ganancias quedan en pocas manos.

Resulta fundamental tomar conocimiento y comprender que la erosión del suelo es uno de los mayores problemas a nivel nacional y global. Esta problemática, que se intensifica cada vez más, es la consecuencia de haber aplicado durante muchos años métodos que no tienen en cuenta los efectos a largo plazo. Es hora pensar a futuro y trabajar con los recursos naturales de manera sustentable. Para esto se necesita de un fuerte compromiso estatal, con legislación pertinente e incorporación de planes de educativos dirigidos a toda la comunidad.

Por: Paula Rizzi

Por: Paula Rizzi.

Un 20% del suelo argentino se encuentra en estado de erosión.

De manera silenciosa, casi sin darnos cuenta, la erosión del suelo avanza en la región y se vuelve uno de los principales problemas ambientales, sociales y económicos que debe enfrentar el país.

[showtime]

En materia medioambiental estamos acostumbrados a asombrarnos por los grandes desastres naturales como tsunamis, terremotos o huracanes, que por lo general ocurren en otras zonas del globo y sobre los que resulta casi imposible actuar. Pero, cuando se trata de procesos graduales, que poco a poco van modificando nuestro entorno y requieren de acciones inmediatas para no volverse irreversibles, cobran una escasa o nula difusión.

En la Argentina uno de los mayores problemas ambientales es la degradación o erosión de los suelos, un camino sin retorno, dado que la tierra que se pierde es casi imposible de recuperar. Sin embargo, pocas veces se analiza esta situación y se reconoce la importancia de su preservación, incluso en un país basado en la actividad agropecuaria y que depende de este recurso para el desarrollo económico y social.

La vida en el planeta, tal como la conocemos, sería imposible si no existiera el suelo. Esta delgada piel de la tierra es fuente de agua y nutrientes para las plantas, lo que posibilita el desarrollo de los ecosistemas. Además, tiene la capacidad de producir todos los alimentos que consumimos a diario, mantener el equilibrio de la atmósfera, receptar residuos y filtrar contaminantes. De su óptima conservación, entonces, depende la economía de los pueblos, el bienestar de las personas y el desarrollo de la biodiversidad.

A pesar de su importancia, las actividades humanas implementadas a lo largo de los años no tuvieron en cuenta su preservación, por lo que en la actualidad los diversos procesos de degradación o erosión están ocasionando la disminución de su calidad y, en algunos casos, la pérdida total.

La degradación del suelo es el proceso por el cual pierde importantes propiedades, en cambio, la erosión es un fenómeno más complejo, dado que genera la expiración del material superficial por efecto de arrastre del viento y del agua —erosión eólica y erosión hídrica—. En este sentido, un 75 % del suelo argentino se encuentra degradado y un 20 %, en estado de erosión. Se trata de un fenómeno que no solo perjudica a la calidad de la tierra y la vuelve improductiva, sino que además puede generar procesos más complejos e irreversibles como la desertificación, es decir, la conversión en desierto de un territorio árido, semiárido o subhúmedo.

Si bien esta situación puede asociarse a condiciones climáticas adversas, como prolongadas sequías e inundaciones, las actividades humanas tienen, ciertamente, la mayor parte de la responsabilidad. Por ejemplo, algunos de los procesos cotidianos que tienen lugar en la región son el desmonte e incendio de áreas forestales para el desarrollo de la actividad agrícola en el Chaco; la sobreexplotación de las tierras y su manejo inadecuado con presencia de monocultivos como la soja transgénica; el excesivo pastoreo por parte de la hacienda ovina en la Patagonia; la gran utilización de agroquímicos, insecticidas o herbicidas que generan contaminación y la expansión de las áreas urbanas.

El problema nace de la idea arraigada de que se necesita intensificar la producción en el menor tiempo posible, lo que lleva a producir en base a modelos poco planificados y pensados en el corto plazo. Por el contrario, otros fundamentan que estos procesos son necesarios para asegurar la distribución alimentaria y que la degradación, erosión y desertificación ponen en peligro el sistema productivo e intensifican los riesgos sociales y económicos que llevan a la pobreza y la marginación.

Un claro ejemplo es el de la soja transgénica, monocultivo que ocupa 18 millones de hectáreas del territorio nacional —es decir, el 50 % de la superficie agrícola—. Para su desarrollo se requiere del uso excesivo de agroquímicos que contaminan el aire, el suelo y el agua, y ponen en riesgo la salud de las personas. Además, necesita de la extracción de miles de nutrientes del suelo, esto genera su progresiva degradación y erosión. Como corolario, el producto que se obtiene se exporta —en su mayor parte— y las ganancias quedan en pocas manos.

Resulta fundamental tomar conocimiento y comprender que la erosión del suelo es uno de los mayores problemas a nivel nacional y global. Esta problemática, que se intensifica cada vez más, es la consecuencia de haber aplicado durante muchos años métodos que no tienen en cuenta los efectos a largo plazo. Es hora pensar a futuro y trabajar con los recursos naturales de manera sustentable. Para esto se necesita de un fuerte compromiso estatal, con legislación pertinente e incorporación de planes de educativos dirigidos a toda la comunidad.

Por: Paula Rizzi