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16 octubre, 2020

Los mandalas de Gesell, entrevista con María Lazarte

Por Rafael Giménez

Los mandalas de Gesell, entrevista con María Lazarte

Hay algo en la fugacidad, en la no permanencia en el tiempo, que hace que nos guste lo efímero. Una mariposa se nos hace más bella cuando descubrimos lo poco que dura su existencia Del mismo modo, lo que nos conmueve. del arte efímero es su capacidad de desnudar la fragilidad de la belleza, la universalidad del deterioro y la inevitabilidad del fin.

Conversamos sobre este y otros temas con la artista y profesora María Lazarte, responsable del ritual de embellecimiento de la franja costera de Villa Gesell e incitadora involuntaria a la reflexión existencial de todo aquel que contempla sus mandalas en la arena.

 

El contexto

A más de siete meses de la proclamación de la cuarentena en Argentina, ya no consumimos con tanto entusiasmo esas historias de gente que aprovechó el confinamiento para reinventarse; historias de creatividad y de éxito. El cansancio es evidente y, sin embargo, algo curioso pasó hace poco en un canal nacional de noticias de dudosa credibilidad, pero de populosa audiencia. Mostraban imágenes de Villa Gesell a la mañana y el tema no era la inseguridad o la catástrofe, sino el arte: un dron filmaba enormes mandalas dibujados en la playa.

Lo llamativo no eran los mandalas en sí, sino la forma de su elaboración: hay alguien que todas las mañanas, bien tempranito, se dedica a dibujar mandalas en la arena. Gratis y porque sí. Resulta que se trata de una docente de 48 años: María de los Ángeles Lazarte. Veamos quién es.

 

 

María Lazarte

María es profesora y tallerista en Gesell, donde vive desde hace casi 20 años. Nació en Lomas de Zamora, donde estudió Bellas Artes. Cursó también unos años en la (hoy conocida como) Universidad Nacional de las Artes, en CABA.

María tiene una buena vida. Le gusta su trabajo, se lleva bien con su hija, Josefina, y vive cerca del mar. Más de uno daría todo por esas tres cosas.

¿Está cansada de la cuarentena? Sí, claro. Como todo el mundo. Además, el paso abrupto del escenario donde se da el proceso de enseñanza/aprendizaje del aula a la virtualidad no termina de convencerla. No parece ser muy eficaz ni para docentes ni para alumnos. Así que ahí va María, luchando con la computadora.

¿Se cuida y cuida a los demás? Sí, se queda en casa. Va al almacén y al kiosco, hace sus compras y vuelve. Solo se permite un escape. Al amanecer, se abriga para enfrentar el aliento gélido del Atlántico Sur y camina las dos cuadras que la separan de la playa. Busca su palito habitual (que escondió estratégicamente la mañana anterior) para arañar la arena con sus círculos concéntricos y diagonales curvas.

María empezó a subir fotos de sus mandalas a su cuenta de Facebook y la repercusión fue mayor de lo que esperaba. Especialmente, después de la transmisión a nivel nacional de sus diseños, filmados desde el aire con un dron. Ahí la prensa local empezó a contactarla. Se volvió viral.

Son, al menos, tres los aspectos interesantes que sugiere esta historia: la intimidad del momento a la hora de dibujar los mandalas en la playa, el simbolismo de los propios mandalas y el carácter efímero del arte que realiza María.

En diálogo con El Gran Otro, María cuenta que siempre dibujó en la arena: caras, sirenas, peces. Pero la idea de los mandalas vino, en realidad, de Josefina. Fue hace unos años. Un día María llegó a casa y notó que su hija tenía una nueva afición. Estaba ahí, encorvada sobre un papel, empecinada en la perfección de la simetría.

Poco después, en la playa, Josefina dibujó un mandala en la arena. María se sintió tentada y se puso a hacer uno ella también. Nos cuenta:

“Me gusto la sensación. Era hacer un diseño y repetirlo, buscar en ese momento la simetría radial más que nada. Esto se fue convirtiendo en un hábito que realizaba cada vez que iba a la playa; buscaba un palo y hacía varios mandalas pequeños por donde caminaba”.

María y Josefina vivían, por entonces, a unas 16 cuadras del mar. Tres años después de sus primeros mandalas en la arena, se mudaron más cerca del mar. Esto le permitió a María tener un palo fijo, que podía llevar y traer o esconder en la costa. Puede que este dato no parezca relevante, pero es de suma importancia. Se trata, al fin y al cabo, de la herramienta del artista.

 

Los mandalas

Como docente, ex estudiante de Bellas Artes y amante de las cosas lindas, María tenía ya algún conocimiento sobre símbolos y signos de diversas culturas, pero su nuevo interés por los mandalas la llevó a hacer un poco de investigación.

Todos los diseños son de su propia autoría y los lleva a cabo de una vez, sin mediar boceto ni asistente alguno. Es, en sus propias palabras: “un diálogo entre la playa, el mar y yo”.

María sigue ligada a sus actividades como docente. La mediación cibernética no satisface del mismo modo al proceso educativo (ni tampoco en el aspecto humano), pero el vínculo está y de alguna manera u otra las clases se imparten.

No es lo mismo, claro. Como artista y como docente, María estuvo y está siempre participando en distintas actividades culturales con una perspectiva anclada en lo colectivo. Y pese a que los mandalas están hechos para ser vistos, para ser disfrutados por un Otro, en su elaboración hay un proceso solitario, íntimo.

Le preguntamos a María qué opina sobre esta doble dimensión (publicidad/intimidad) y nos dice:

“La realización de los diseños es muy personal, tanto física como espiritualmente. El arte, como la docencia, implica a un Otro. Quizás, en la confección, el arte es íntimo, pero involucra a un Otro, como la docencia. Yo hago lo que tengo ganas de hacer, lo disfruto. Necesito hacerlo. Me gusta, aprecio y valoro su difusión. Estoy más que sorprendida por la repercusión, pero a su vez estoy ajena a todo eso”.

 

 

El universo

Los mandalas son símbolos antiguos, mágicos y rituales. Son parte fundamental de las representaciones hindúes y budistas del universo, una compleja manifestación artística y religiosa.

Nos limitaremos a mencionar la noción de universalidad en relación con los mandalas que, según entienden los que saben, funcionan como una manifestación del inconsciente colectivo. Las formas concéntricas podrían sugerir una idea de perfección y armonía que permite la conexión con la espiritualidad.

Mandala es una palabra sánscrita que significa círculo. Representa, según nos cuenta María: “la unidad, la armonía y la infinitud del universo mediante el equilibrio de elementos visuales. Cuatro conceptos que me gustaron: unidad, armonía, infinito, elementos visuales”.

Lo cierto es que esos conceptos invitan a reflexionar sobre la situación que atravesamos como individuos y como sociedad. ¿Estamos unidos? ¿Estamos en armonía? ¿Hay un fin? ¿Puede no haber un fin?

 

 

El tiempo

“Estamos atravesando una situación en donde dependemos del Otro y nos cuidamos por el Otro. Trato -confiesa María- de construir esa armonía a diario, con diseños curvos, respetando la playa, el lugar, recogiendo los desechos de plástico a mi paso”.

Los mandalas de María Lazarte no se pueden poseer. Por lo tanto, no se pueden comprar. Se borran con el viento. Son obras pasajeras, fugaces, momentáneas, hechas en un momento de gran simbolismo: el amanecer. En un lugar, además, visualmente impactante: la playa.

María se siente agradecida por poder hacer estos “rituales”. En los 18 años que vive en Gesell solo había podido presenciar el  amanecer en el mar en tres oportunidades. Hasta el comienzo de la cuarentena, María vivía, como el resto de los mortales, proyectando planes, procrastinando deseos.

La instancia colectiva de introspección obligatoria a la que nos empujó la pandemia provocó en María el impulso de recibir al sol en la playa, enfrentando el frío inclemente del invierno. Mientras dibuja círculos concéntricos en la arena, piensa en los proyectos sin concretar y “en lo efímero de no poder retener esa seguridad; todo se me desvanecía, como los diseños en la playa”.

Se acerca el verano y ya no somos los mismos que al comienzo de la pandemia. Algunas lecciones aprendimos. Lecciones pequeñas, cotidianas, pero no menos trascendentales. María no cuenta una historia extraordinaria. No creó una startup exitosa ni revolucionó nada. Simplemente, estas circunstancias le proporcionaron el tiempo que necesitaba para hacer algo que le gustara, algo pendiente. El mérito de María es haber tenido el coraje y la voluntad para no quedarse con las ganas.

Un día, entonces, fue a ver el amanecer al mar y dibujó un mandala. Al día siguiente lo hizo de nuevo. Y no paró. Empezó a encontrarle un nuevo sentido al día a día:

“Hoy nace a diario, hoy llega, se dispersa, crece. Lo efímero dura poco o es pasajero, pero nos queda el recuerdo de lo que vivimos. Hoy estamos haciendo cosas que antes no hacíamos, valoramos cosas que ya no nos dábamos cuenta que teníamos. Tenemos tiempo y muchos no saben qué hacer con él. Otros  la están pasando muy mal, viven este presente inmediato de tener que improvisar un trabajo, una comida, un techo. Todo efímero, fugaz. Hoy se transforma en aquí, ahora”.

 

 

El arte

Pareciera como si el arte efímero nos enseñase una lección. Algo sobre la muerte y el sentido de la vida. Los vecinos de Gesell que pasan por la avenida costera, se detienen a ver los mandalas de María por un instante. Algunos por un buen rato. Dependiendo de la hora del día, algunos los ven en plena forma, claros y perfectos. Otros ya los encuentran en desintegración, lamidos por las olas o manoseados por el viento.

Si María Lazarte realizase sus mandalas en hojas o tablitas de madera, los enmarcase y los vendiese, es poco probable que estuviésemos ahora mismo reflexionando sobre el arte y la vida. Lo suyo es distinto. Entonces, ¿por qué nos gusta y nos llama la atención lo que hace? Según ella, se trata de una combinación de factores: el amanecer, la playa, la soledad y los diseños. En ese orden.

La prensa nacional no suele dedicarle mucha atención a Gesell, excepto cuando estalla el verano o cuando algún hecho de inseguridad es lo suficientemente sórdido como para llamar la atención de los medios de Capital. Por eso, aquellos instantes dedicados a los mandalas resultaron una grata sorpresa, especialmente para la propia artista:

“Estamos saturados de información, dolidos por tantas malas noticias; y de golpe aparece una persona que se levanta a las 5:45 de la mañana y va a la playa con -3° a dibujar. ¿Quién es? ¿Por qué lo hace? ¿No sabe todo lo que está pasando? ¿Le pagan? Creo que los hizo parar y observar el contexto. También creo que cada uno recibe lo que necesita: paz, armonía, esperanza, intenciones. Pueden ver mi disfrute, mi placer y también mi agradecimiento”.

María es una mujer que se levanta temprano y hace algo lindo por ella y para los demás. Algo lindo y efímero. Algo inocente y profundo a la vez. No sabemos cuánto tiempo va a durar este nuevo hábito suyo. Quizás el verano le complique el trabajo. Es probable que el eventual retorno a las clases presenciales le impida dedicar las madrugadas a los mandalas.

Parece absurdo pensar a futuro en estos tiempos. Todo es incierto. Como esos círculos concéntricos en la arena. Como esas figuras geométricas que, con sus diseños que se repiten, nos recuerdan que hay universos posibles y que, al deteriorarse con el correr del día, nos confirman que el fin es el propósito de todas las cosas.

Aceptarlo nos hará más libres. Y, quizás, un poco más felices.