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24 abril, 2012

 

A comienzos del siglo XX, el crimen pasional cometido por hombres solía resolverse con la absolución de acusado. La comisión de un crimen pasional por una mujer en el Bilbao de 1907 evidenció la frágil situación de la mujer ante la justicia y la sociedad.

 

Por Anabel Prado Antúnez

 

El bullicio y el colorido de los cabarets y burdeles de los barrios altos de Bilbao quedaron inmortalizados en el poema escrito por Bertotl Brecht en 1929. Y bajo esa misma luna, testigo de amores, traiciones, fiestas, trabajo, epidemias y hambre, la ciudad de Bilbao fue transformándose de pequeña ciudad comercial a una de las mayores ciudades industriales del norte de España.

La creación de ese nuevo Bilbao se asentó sobre una sociedad muy heterogénea, estructurada y clasista, en la que las clases medias tuvieron un gran peso. Esa misma división social se plasmó en una compartimentación espacial tan rígida como los preceptos morales de la época. Unos preceptos morales de doble rasero, que no veía mal que las clases medias y altas, básicamente los hombres, acudiesen a divertirse a aquellos barrios altos de la ciudad, mientras las mujeres, y siempre según su condición social, veían delimitadas sus zonas esparcimiento y ocio a determinadas zonas de la ciudad. Así, en el caso de la Gran Vía bilbaína las chicas de clases modestas sólo podían pasear por su acera izquierda, quedando la acera derecha reservada a las señoritas de clase media alta.

 

Bilbao, una ciudad de mujeres

Entre 1877 y 1900 la ciudad vio como su población se incrementaba en más de 50.000 personas, ampliándose nuevamente en el período de bonanza económica propiciado por la neutralidad española durante la I Guerra Mundial; una expansión que atrajo una nueva remesa de población inmigrante a la ciudad. Entre la población que llega a la ciudad hay un importante porcentaje de mujeres que acude a trabajar como criadas, costureras, dependientas y, en general, mano de obra para talleres y fábricas.

Entre estos dos momentos se sitúa un violento episodio que abrió un debate social sobre las profundas desigualdades entre hombres y mujeres y dio voz a muchas mujeres que, silenciadas, veían como no eran eficazmente defendidas por la Justicia y el Estado.

Ciertamente, en el rígido ambiente moral de finales del siglo XIX y comienzo del XX las relaciones entre hombre y mujeres se tornaban complicadas para estas últimas. La ruptura de la palabra de matrimonio por parte del novio o prometido, y más aún si la mujer estaba embarazada, relegaba a la mujer al margen de la sociedad, sin capacidad para rehacer su vida de acuerdo a los preceptos morales establecidos.

Dentro del grupo de las clases medias y medias bajas, las mujeres bilbaínas se encontraron ante un estrecho mercado matrimonial que les llevaba a desenvolverse entre cierta audacia o cierto conservadurismo en la búsqueda de un matrimonio que favoreciese su ascenso social. En Bilbao existió un amplio abanico social de clases medias y, asimismo, una amplia heterogeneidad de los valores y caracteres distintivos de estos grupos sociales. Algunas mujeres asumieron la vida ociosa como clave y definitoria de su condición social, mientras otras consideraron que el trabajo era un “elemento constitutivo de su identidad de clase media”. Pero ambos grupos convergían en el anhelo común de prosperar y ascender en la escala social. Los testimonios orales y documentales apuntan cómo contraer matrimonio era la meta de la mayoría de las mujeres de los años 20 y 30 del siglo XX,  siendo un drama no haberse casado a los 25 años. El noviazgo y el matrimonio se convertían en las principales vías de promoción y ascenso social, aunque también había mujeres de clases medias que, antes de embarcarse en un matrimonio arriesgado, decidían optar por la soltería definitiva y mantener el bienestar económico y social heredado o, en el caso de las que trabajan, vivir por sus propios medios. Sea como fuere, el nivel de soltería fue alto entre el número de mujeres de esta franja social.

 

El caso de Jesusa Pujana: ¿Tienen derecho las mujeres a matar por amor?

Del calado de estos miedos y prejuicios entre las jóvenes bilbaínas nos ilustra el dramático caso de la joven Jesusa Pujana. Jesusa era una joven de buena situación económica, culta y con estudios de piano hechos en el conservatorio de Madrid. Pese a que participaba de los ideales de ocio asociados en su época como propios de las mujeres  acomodadas, Jesusa trabajaba en el negocio familiar y daba clases de piano a las jóvenes más ricas de la ciudad.  Estaba enamorada y prometida del joven Mauricio Luzeret, joven distinguido y de buena posición, habitual de los “barrios altos” de Bilbao y amante de una bailarina. Los rumores de los malos pasos de Mauricio  del engaño al que somete a Jesusa llegan a los oídos de la familia de la joven. Ella, con un embarazo que sólo ella conoce, termina asesinándolo de un disparo a bocajarro angustiada por las infidelidades, los malos tratos a los que la sometía y la exclusión social a la que la condenaba su abandono.

 

“Diez mil mujeres… y yo”

 El caso tuvo una enorme repercusión mediática desde el primer momento que se saltó a los periódicos, tratando de frenarse las simpatías hacia la joven desde la prensa más conservadora de la ciudad. El juicio se aplazó al saberse que la joven estaba embarazada, hecho que generó aún más indignación entre las mujeres y una enorme expectación en la opinión pública.

Tras dar a luz, la joven fue juzgada en 1907, siendo condenada a ocho años de cárcel. Jesusa fue enviada a la cárcel de Alcalá de Henares junto con su pequeña hija. Los letrados de la acusación y cierta prensa conservadora utilizaron argumentos de lo más permisivos y exculpantes para con Mauricio Luzuret, siendo en vano el intento del abogado defensor de Jesusa de intentar equiparse el honor del hombre y el de la mujer. Pero el debate social estaba en la calle y eran claras las contradicciones existentes entre lo que era considerado lícito o ilícito en las relaciones entre hombres y mujeres.

La condena de Jesusa Pujana evidenciaba la ineficacia de la defensa de la mujer y la soledad a la que se enfrentaba una madre soltera, la legislación vigente en 1906 prohibía la investigación de la paternidad. La noticia de la condena, fechada en octubre de 1907,  movilizaba a las  mujeres de las clases más modestas de la villa, quiénes acudían al periodista Manuel Aranaz, redactor jefe de El liberal, para que redactase un mensaje de solidaridad con la joven condenada. La iniciativa partía del colectivo de modistas de la ciudad, a la que se sumaba el de las operarias de la Fábrica de Tabacos. Las firmas de aquellas jóvenes fueron apareciendo día a día en las columnas del periódico, llegando a un número de diez mil.  Un enorme apoyo y solidaridad que la joven encontró entre las mujeres de las clases populares, colectivo que más se identificaba con la problemática padecida por la desdichada Jesusa.

El debate social y la protesta se zanjaron con el procesamiento del periodista de El liberal, quien se defendió manifestando ser sólo el testigo de un sentimiento y lo único que había hecho era darle voz a una multitud cuya voz apenas si se había oído fuera de la humildad de sus talleres y hogares. Aranaz fue finalmente absuelto y se trató de silenciar el caso, frivolizándose su repercusión desde la prensa conservadora.

Pero esta corriente solidaria había abierto ya una brecha contra la injusticia de la doble moralidad masculina y burguesa de la época. Así, la primera medida legal a favor de las mujeres en la Segunda República fue permitir la participación de las mujeres en los tribunales que juzgaban crímenes pasionales.

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