Image Image Image Image Image Image Image Image Image Image
Menu +

Arriba

Top

21 julio, 2021

Claves para ver a Ingmar Bergman

Por Maximiliano Curcio

Claves para ver a Ingmar Bergman

Este monumental cineasta sueco, proveniente de una familia luterana, comienza a trabajar en teatro y en las principales óperas autóctonas desde muy joven. Se estrena en el mundo del cine con el guión de Tortura (1944) y, dos años después, dirige su primer largometraje: Crisis (1946). Del teatro, hereda la puesta en escena y el retrato de los personajes, deudores de las obras de clara violencia psicologista de August Strindberg, también del desencanto de Samuel Beckett y, no menos evidente, del sentido del humor de Luigi Pirandello. Gran apasionado de las letras, sus influencias rememoran la relevancia feminista de Henrik Ibsen y el espíritu crítico de Molière.

 

Cinematográficamente, Ingmar Bergman emula la trascendencia y la sobriedad intelectual de Carl T. Dreyer, la lírica paisajística y el carácter introspectivo de Víctor Sjöström y un ritmo basado en el montaje de atracciones de Mauritz Stiller. Ciertos pasajes de su obra parecen mimetizar la potencia onírica de su contemporáneo Andrei Tarkovski y el cariz pesimista del realismo poético francés. Cabe notar que sus films utilizan juegos lumínicos herederos de los pintores tenebristas europeos, como Caravaggio y Rembrandt. Se inspira en la introspección narrativa de James Joyce, Thomas Mann y Marcel Proust, también en el absurdo de la tradición nórdica. Intelectualmente inquieto, se interesa por las corrientes existencialistas de Søren Kierkegaard y las teorías de Sigmund Freud, como por la filosofía de Friederich Nietszche.

Las constantes temáticas de su cine son la obsesión por la muerte (Fresas Salvajes, 1956), las dudas de la fe (El Séptimo Sello, 1957), el sentimiento enmascarado de culpa y redención (Persona, 1966), las angustias metafísicas del ser humano (El Huevo de la Serpiente, 1977), las referencias autobiográficas (Fanny y Alexander, 1982), el psicoanálisis freudiano (Sonata de Otoño, 1978), la visión del amor en la vejez (Sarabande, 2003) y los planteamientos universales acerca de conflictos en las relaciones familiares y conyugales (Gritos y Susurros, 1972). También, existen reincidencias formales en sus juegos de iluminación y sombra, herederos del expresionismo alemán y un tratamiento lineal de la narrativa clásica. Su estilo se caracteriza, como puede rastrearse inmiscuyéndonos en su inmensa obra, por un marcado simbolismo de los elementos y una preferencia por primeros planos de rostros sumamente expresivos, con frecuencia iluminados de manera natural bajo la lente sin artificios de Sven Nykvist.

La técnica de Bergman monopoliza, a lo largo de todo su arco evolutivo, un tratamiento de cámara emocionalmente avasallante. A menudo, observamos el empleo de notables acercamientos de la lente, con el fin de resaltar la inquietud de los personajes. Lo percibimos tanto en los gestos como en los rostros enfocados desde planos contrapicados para enfatizar la figura de autoridad y supeditación, a través de intensos diálogos y silencios ensordecedores. La obra de Bergman se introduce, de tal modo, impetuosamente en el espectador, colocando su corazón al alcance de este, presto a ser desentrañado. Su audiencia se mira a sí misma como si fuera la primera vez que observa el interior que en ella habita, espejándose en las inconfundibles criaturas que allí conviven.

 

 

Visionando su obra, nos enfrentamos a emociones escondidas desde lo más profundo de nuestro ser. Por ello, el talento de Bergman radica en hacer visible lo invisible; es inevitable quedar perplejo contemplando la historia de la supervivencia humana en su enfoque psicológico y metafísico. El autor, incluso, evoca recuerdos propios de la infancia, con guiños que invitan a pensar que en el entramado narrativo existen vivencias personales y una cierta construcción de alter ego que prefiguran una huella autoral, como ocurre en la citada Fresas Salvajes. Por otro lado, el tratamiento de lo metafísico se da, también, a partir del entrecruzamiento entre lo onírico y la realidad. En esta icónica película, protagonizada por Victor Sjöström, los sueños matizados con recuerdos vivenciados nos convencen de un adecuado uso del término ‘riqueza expresiva’ para denominar la minuciosa descripción realizada acerca del otoño crepuscular de los afectos.

Con detenimiento en las emociones, un meticuloso recorrido a través de su filmografía nos instruye que el artista sueco recae, sostenidamente, en el uso de una plétora de recursos marca registrada. Con gran profundidad de campo, suele internarnos en la monotonía diaria de la vida de sus protagonistas, también incluir flashbacks o sueños que se materializan. Con frecuencia, la aparente parquedad gramática se compensa con una impecable elección de tomas: abundantes registros de los rostros de los protagonistas —en ocasión de soliloquios—, primeros planos del personaje en fuera de foco —para lograr de esa manera que el espectador vea y reconozca la distancia física— y, no menor, el carácter fotográfico del relato respecto a su interlocutor. Dicha sutileza emotiva, en extremo desgarradora, podemos encontrarla presente en un film tardío pero valiosísimo: Sonata de Otoño.

 

 

Esta película forma parte del núcleo temático indispensable del lenguaje cinematográfico bergmaniano. La austeridad del director evade uso de cámara en alguna medida ampuloso o sofisticado. Su singular locación otorga a la propuesta un aire teatral, potenciando dramáticamente la limitación espacial, para adquirir una intimidad confesional. En su hondo calado existencial, el cine de Bergman da cuenta de la porosidad de la memoria y, a la vez, proporciona antecedentes indispensables para hacer verosímil el relato psicologista, a menudo asociado a una atmósfera cuya tendencia a la oscuridad fotográfica permite relacionar la penumbra exterior con el doloroso ánimo y la angustiante carga emotiva que sufren sus personajes.

A los veinte años de edad, Bergman huyó hacia Estocolmo a rodar películas. Medio siglo después, constatamos que el carácter polifacético impregna el universo propio del autor en diferentes expresiones multidisciplinarias, plasmadas en una trayectoria inmensa. A la vanguardia del cine de su tiempo, filmará también guiones para Liv Ullmann (Infiel y Encuentros Privados, durante los años noventa), que van a condensar la visión cinematográfica humanista e intelectual que lo sitúa, indiscutiblemente, en el olimpo de los grandes cineastas de todos los tiempos.